Citas

Frente al mar

I

¿La ola no tiene forma?
En un instante se esculpe
y en otro se desmorona
en la que emerge, redonda.
Su movimiento es su forma.

II

Las olas se retiran
¿ancas, espaldas, nucas?
pero vuelven las olas
¿pechos, bocas, espumas?

III

Muere de sed el mar.
Se retuerce, sin nadie,
en su lecho de rocas.
Muere de sed de aire.

Octavio Paz

Periodismo

Claudia Londoño, la mamá

Los recuerdos pasan debajo de sus ojos como si fueran pequeños grabados en cintas magnéticas. Y sus ojos claros, a veces azules o a veces grises, se vuelven espejos de agua. Tal vez sea saudade, o esa mezcla rara que se refugia entre la piel y los huesos cuando alguien nos pregunta por los días en que todavía no sabíamos de qué estaba hecha la vida. El agua se evapora y sus ojos que miran los míos encuentran en el vacío de las dos caras, los gestos limpios de aquellos niños con lo que alguna vez habitó el doble infinito, y como su boca delicada promete que cualquier palabra suya será precedida por una sonrisa liviana, sonríe, y me lleva a visitar a sus 11 hermanos mayores: me deja verlos jugar canicas, montar en bici, pero sobre todo, me deja verla a ella jugar con un carrito de madera que echa a rodar hasta mí para que de un impulso se lo devuelva. “Viví todo lo que vivían los hombres y eso me encantaba”, me dice mientras apoya su mano derecha sobre una de mis piernas, como para devolverme del mismo impulso al balcón lleno de matas en el que nos sentamos a hablar desde el principio, y a donde nos llegan los sonidos de los carros que buscan regresar a casa, el viento que se rompe contra las hojas de los árboles, el color de un cielo que empieza a apagarse.

Claudia Londoño me toma de la mano y me lleva a otra parte de su vida: “Mi papá murió como a las 68 años de un enfisema pulmonar. Mi mamá tiene 97”. Me cuenta que el hombre fue un gozón, un deportista, y la mujer una persona muy estructurada, la imagen que todos quisieron seguir. Humana. Responsable. Y la dueña de ese poder arrollador con que algunas logran reunir a sus criaturas: “Todos los domingos sin falta buscamos una disculpa para jugar cartas con mi mamá o para tomarnos un alguito, para estar juntos”. Yo la escucho sin poder siquiera ver bosquejos de esos rostros que menciona, y me distraigo con el dibujo de una casa que empieza a trazarse sobre mi cuerpo como un garabato, una casa grande donde las cosas reposan en su perfecto lugar: Dos padres, 12 frutos, cada uno con una responsabilidad en los quehaceres domésticos que no tiene negociación y que se van rotando cada semana; ropas que van pasando del hermano mayor a los que llegan; alguien dispuesto a acompañar a este hijo a practicar tenis, a aquel bolos y a los otros golf. A ella equitación; todos siempre esperando la vacaciones para salir a jugar a la calle con los amigos del barrio, fútbol o béisbol; ella muy loca y muy compinche de los dos hermanos que le siguen (seguían) hacia arriba. En fin, unos primeros años felices en la Medellín del calor constante, una ciudad tan distinta a la que veo ahora desde la altura del apartamento 501 y a la que por segundos regreso para beber un trago de agua, mientras su voz me envuelve para ofrecerme otro momento. Ecografía Mariana. No me vas a decir qué es, le dice Claudia al médico que la atiende. Listo –responde él–. Solamente te digo que busques bicicletas sin barras. Yo: ¿Sin barras? Sí. Esas eran las que usaban antes las niñas.

“Me seguían hacia arriba”. Ambos están muertos. No fueron los primeros en decir adiós: primero una hermana se mató en un accidente de tránsito, le siguió otra en las mismas circunstancias. Después un hermano en un accidente de aviación. Y ahora dos a causa del cáncer. Silencio. Esas ausencias le provocan alguna sutil conmoción –pienso–, porque algo en su rostro cambia cuando lo comenta: las palabras no le salen tan tan rápido como antes y sus manos se quedan quietas y sus piernas se descruzan. Tal vez se equivocó Gonzalo Millán cuando escribió en Autorretrato de memoria que “El dolor se talla y se detalla”. O tal vez es que hay personas que aprenden a afrontar las pérdidas con entereza: “Sabés que sí. El primer ejemplo fue mi mamá. Yo lo tengo siempre muy grabado. Mis hermanos iban para la costa y se volcaron cerca de Montería. Mi hermana murió al día siguiente. Entonces hubo que traerlos. Uno de ellos venía muy grave –bebo un trago de agua y observo dos materas con forma de niños que tienen sembradas en sus respectivas macetas, suculentas–. Cuando se muere una persona en un accidente es muy impactante porque no estás preparado, algo distinto ocurre cuando muere a causa de una enfermedad, porque hay un proceso de antemano que nos incita a decir: es hora de que descanses”. El primer ejemplo fue su mamá. Claudia acaba de cumplir 13. Tiene el cuerpo menudo y la tez blanca. El cabello negro. Y en su aparato nervioso circula la impresión de saber a su hermana muerta. No tiene ganas de llorar. O tal vez sí pero no mucho: la angustia la tiene reservada en el costado izquierdo del corazón. Y no puede dejar de ver a la mujer que la llevó en el útero, con cierta gracia de desconcierto cuando la escuchaba dirigir, en el aeropuerto, a un lado del avión y de las dos ambulancias que llegaron para recoger a los que tuvieron en el accidente, el regreso a una vida que ya nunca, sabe, será la de antes: “María Eugenia se murió. Ahora vamos a salvar a los otro. Fulanito acompaña a tal, usted se encarga de las exequias, yo me voy con el más grave”. El primer ejemplo fue su mamá, porque Claudia comprendió con su conducta que aunque el dolor se quede enredado en las venas, no hay que dejar que lo sacuda a uno, que lo descuadre. Silencio. ¿Después qué pasó? “Después conocí a Carlos Mario Pajón, mi marido, cuando tenía 14. Y estoy con él desde que tengo, toda la vida, digámoslo así, porque antes de salir del bachillerato ya éramos novios. Duramos 9 años, hasta que nos casamos… hace treinta y pico”. Parto de Mariana. Claudia estaba agachada entregándole las loncheras a los niños y sintió una contracción casi imperceptible: “Va a nacer esta chiquita”, se dijo en la mente. Había dos situaciones: no había comprado el regalito que el bebé le traería al hermanito que espera y ese día se casaba un hermano suyo. Así que se fue a comprar el regalito, un volqueta de plástico. Y después llamó a su médico: Ya empezaron los dolores. ¿Cómo te sientes? Bien, yo creo que alcanzo a estar un ratico en el matrimonio. Se fue para el matrimonio, se disfrutó la fiesta y a las 23:15 hizo otra llamada. El médico había salido a cenar pero de inmediato sincronizaron las manecillas del reloj para encontrarse en la Clínica del Prado. Mariana nació 35 minutos después, el 10 de octubre del 91.

Suena el citófono. Alguien más hace pasar a quiénes llaman. Ella se para un momento para buscar su celular, lo encuentra, lo mueve y sus actos terminan vertidos en una sonrisa: Es que mira –me dice–, Mariana siempre es así. Me muestra el chat y me lee: “Buenas noches mamá famosa”, y al lado, besos y corazoncitos. Las personas que llegan quieren tomarle fotografías, entonces nos vamos al jardín que rodea el edificio antes de que la luz se extinga por completo. “¿Esa cámara quita las arrugas?”, bromea. Nos reímos. El césped parece una esponja que succiona nuestros pies cuando caminamos sobre él. Quizá sea una venganza. El fotógrafo le dice cómo moverse, ella le hace caso. Y de vez en vez hace una aclaración mentirosa: “Yo salgo horrible en todas las fotos –nos volvemos a reír–, en serio. Yo no soy como Mariana que hace cualquier mueca y queda linda la culicagada. Uno tiene que ser realista y yo no salgo bien”. Sigue tímida ante el lente. A veces se ríe a carcajadas, a veces se queda seria, a veces pregunta: “Cómo me hago”. Y de pronto aparece una pose afortunada: ¿Te importa sentarte en el piso? “No. Me encanta –cruza las piernas, apoya los codos sobre las rodillas y los dedos de ambas manos perecen suspendido en la nada por un imán–, esta es mi pose. Como trabajo con niños, todo el día estoy en el piso”. Las fotos quedaron bellas. Subimos al 501. Nos sentamos en el balcón. Solas. Paseo familiar. Miguel coge la canasta de mimbre y la pone en posición horizontal donde empieza la pequeña montañita de tierra en el pasto, ayuda a Mariana a meterse dentro y la echa a rodar. Claudia los ve de lejos y corre para alcanzar a la niña. La niña sale con pequeñas heridas en los cachetes ocasionadas por las fibras que se desprendieron de la canasta durante el trayecto. Hay poca sangre y muchas marcas: es un tigre. La señora abre la boca para pronunciar cualquier cosa ante el susto, pero Mariana, que ya ha aprendido a hablar, prefiere adelantarse: “Mamá, parezco disfrazada, ¿cierto?

Claudia estudiaba Licenciatura en Educación Preescolar y él (Carlos Mario) Administración de Empresas, y aunque cada uno se enfocara en lo suyo, los dos estuvieron para acompañarse: mientras el uno corría en carros, la otra practicaba equitación o jugaba vóleibol, dos deportes que le apasionaban. “La equitación la dejé cuando empecé la universidad, el vóleibol cuando empecé con mi guardería”. ¿Guardería? Sí, Los Ositos, fundada en los años 80 por tres estudiantes que todavía no tenían cartón y habían cultivado su amistad desde del colegio: Claudia, Clara Maria Velázquez y Maria Adelaida Córdoba (que murió en un accidente de tránsito en el 85). Tres mujeres que iban de aquí para allá con la cabeza llena de ilusiones y con una vocación por la enseñanza que les permitió afrontar cada uno de los obstáculos que se les fueron presentando. “Fue un riesgo muy grande porque estábamos muy niñas. Empezamos con el sobrinito, con los primitos. Y con nuestro propio método, un método que hemos ido cambiando porque la educación va evolucionando, aunque siempre está enfocado en el respeto por los demás y en sus ideas”. Sacar a flote un negocio que ella nunca vio como un negoción, terminar el pregrado, ser novia. El Matrimonio se volvió algo obvio. “Mi marido molesta mucho diciendo que yo lo casé. Que mis papás lo casaron. La verdad es que esperamos a estar un poco más sólidos para empezar esa nueva vida juntos. Y como queríamos disfrutar de ella, nos demoramos 5 años en formar una familia, en tener el primer bebé, Miguel. 3 octubres después llega  Mariana. Y Daniel si fue una sorpresa completa, 5 años más tarde. Lo que sí estaba planeado era que se llevaran cierto tiempo entre ellos porque queríamos disfrutar del proceso de cada uno. Solo había una cosa clara: queríamos encaminarlos en el deporte porque sabíamos los beneficios que trae: responsabilidad, disciplina, organización. Sin embargo nunca nos imaginamos que tendríamos una medalla olímpica en la casa”. Primero mundial de bicicrós. Se nos presentó la posibilidad de viajar a Francia para participar en el campeonato. No podían ir los dos, Miguel (10) y Mariana (7), aunque ambos entrenaran, porque solo había un cupo. Carlos Mario y yo no dudamos en decir: “Va Miguel”. Y cuando estábamos en los plenos preparativos del viaje, él mismo nos dice: “La que debe ir es Mariana”. A nosotros nos sorprendió ese gesto pero dijimos sí, Miguel tiene razón, él lleva más tiempo practicando pero Mariana ha sido la más dedicada, entregada, la que se lo ha tomado más en serio.

A Claudia el hogar se le llenó de más vida, de cantos, de palabras que no se pronunciaban bien, de dibujitos, de todo eso que implica descubriese a uno mismo a través de personitas que todavía no entienden que cada uno tiene su sitio en el mundo; con su amor descubrió cómo amarrar la vida de los 5 –Carlos Mario, Miguel, Mariana, Daniel y ella misma– de un mismo cordón umbilical; vio a Miguel enloquecido de ternura por Mariana. Vio a Miguel y a Mariana hacer de Daniel un juguete;  luchó para que la tradición de las herencias no se quedara en el olvido, así que también vio a Mariana usar pijamas azules o a Daniel dormir con pijamas rosadas. Claudia supo siempre que sus hijos no eran perfectos, pero que sí eran muy unidos y que entre ellos se tenían un amor y un respeto eterno y mutuo, que en últimas, era la esencia de la familia que ella quería recordar luego, cuando los años se le impregnaran en el cuerpo. Accidente en un país asiático. Estando en China Mariana se cayó y se dio un golpe en la cabeza –la luz del día nos dejó a oscuras, el agua se acabó, Claudia se arregla el cabello con las manos y acomoda la pierna izquierda encima de la derecha–, a los dos días llegó con una parálisis facial. Y al tercero ya podía cerrar la boca, no se le derramaba la comida. Le dije: “Mañana te vas para el colegio”. Y ella: “¿Pero por qué? Yo le decía: “No sabemos si esto va a durar uno o dos o tres meses, y no vamos a perder el colegio porque tienes una parálisis facial. La vida sigue. Tenemos que seguir. ¡Se burlan de mí! Qué se burlen, peor para ellos que no pueden entender, nosotros salimos adelante”. Yo sé que ella no me lo perdona –y se descruza las piernas–.

Y después de eso, mil cosas más. Su estilo de vida cambió, obvio, pero por algo que le encantaba: Claudia aprendió a dividir su tiempo entre su labor como educadora: “Que es mi vocación, un trabajo que requiere de un esfuerzo físico y mental muy grande, pero que a la vez me mantiene animada. Una oxigenación diaria”; la crianza de sus hijos: “llegar del trabajo a revisar tareas, a arreglar aquello, a recoger a aquel, ¿qué falta? ¿Hay que mercar? ¿Qué tienen que llevar mañana al colegio? Y además formarlos, enseñarles que las cosas debían conseguirse y lucharse y que la manera para lograrlo era siendo responsable. Yo nunca fui de dar premios materiales así tuviéramos las posibilidades o así pudiéramos hacer un esfuerzo, sino más bien de dar un abrazo o de felicitar, porque de esa manera iban a aprender a salir ellos solitos adelante”; y el deporte “Había que llevar a Miguel y a Mariana a entrenar, a las competencias. Yo no quería que ella hiciera bicicrós, porque es un deporte de fracturas, pero cuando me dijo que eso era lo que amaba, yo la acompañé en su decisión con la condición de que no podía descuidar el colegio porque no solamente era hacer lo que ella quería, sino también hacer los otros deberes pero hacerlos bien. Así que cuando empezó a competir, que arrancábamos los sábados y los domingos en bus para algún pueblo, el lunes Mariana llegaba directo para el colegio y yo para la guardería. Mi deber como mamá era colaborarle, pero también mostrarle que las cosas no son tan fáciles. ¿Sabés? Hoy pienso que eso le dio tanta fortaleza a ella para enfrentarse a las situaciones que se le presentaban”. Todo eso fue una etapa tan dura como tan bella. “La gente me dice: ‘Usted por eso no ha engordado’. Y sí, de pronto –risas–. ¿Hubo mucho cansancio? Sí, las cosas hay que hacerlas bien para poder responder por ellas y el cansancio es algo que viene por añadidura, como los triunfos. Muchas personas creen que mi mayor orgullo como mamá de Mariana Pajón son los trofeos y las medallas que ha traído a casa, pero no, mi mayor orgullo es ver el ser humano que es”.

***

Mariana está viajando por carretera hacía Bélgica. Va para una competencia. Va en un carro casa rodante. Y piensa en su madre. Piensa que es una mujer fuerte en demasía. Guerrera. La recuerda consiguiendo las cosas para que ella pueda competir. Y ese recuerdo, precisamente, le dice que sí, que su vigor, su sed de triunfo, nace del querer devolverle un poquito del esfuerzo que generosa le ofreció. Le llegan a la mente los bocetos de muchos viajes juntas, le llega su sabiduría, sus comentarios y sus enseñanzas dispuestas siempre en el momento preciso: “Me ha aterrizado. Me ha llevado a ser no solamente la campeona olímpica sino también la persona que soy. Me formó con valores, me enseñó a saber manejar las situaciones buenas o no tan buenas de la mejor manera: un reto grande, un triunfo, una caída, ¿qué hay que aprender de eso? Y me enseñó sobre todo a disfrutar lo que hago, a ser feliz –Mariana hace una pausa y piensa que no todo es tan fácil–, nos pasa con frecuencia que el día de la madre estoy en una copa mundo o en alguna competencia. A cambio quisiera estar con ella, levantarme, abrazarla… pero sé que para hacerla feliz debo dar el cien por ciento en cada corrida. Entonces la fecha se vuelve una motivación más, una manera de decirle: Gracias, por ti estoy aquí”.

Este es mi primer artículo publicado en la revista Cromos. Además fue portada. Y yo ando feliz (sí, como una lombriz).

Cartas dobladas en el bolsillo de una chaqueta

Bolero

“[…] Todo lo mío te lo doy, es cierto,/ pero todo lo mío no te bastacomo a mí no me basta que me destodo lo tuyo”. J.C.

A 40 minutos estoy de Bogotá. Y pienso en vos. Como siempre. Como si el cuchillo que nos desmembró hubiera regresado hacia nosotros con un poder curativo, convirtiendo la división en una cicatriz reconstructora y dejándonos ser otros o ser los mismos. Los mismos fantasmas enamorados que hablan de cosas que no tienen sentido, que se ríen sin promesas, que creen en la revolución. Los mismos locos que se aman aunque nunca pronuncien las palabras mágicas: “te amo”. Vos el mismo que me dice preciosura. Yo la misma que besa siempre tus labios sabor rojo Marlboro.

A 40 minutos estoy de Bogotá intentando formar oraciones que valgan la pena, pero tengo cucarrones en el cuerpo. Entonces claro, te veo, te veo evanescente y escribo rápido esta carta que no voy a enviarte aunque mi respuesta hoy no sea silencio, hoy tengo para vos un sí grabado en papel japón. Sí: quiero darte todo lo mío, aunque todo lo mío no te basta.