Periodismo

Protegido: Los (otros) ojos

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Saudades

Hoy hace 3 años a mi mamá le dieron un diagnóstico médico que nos cambió la vida a todos en mi familia: no había nada qué hacer por ella. Lloré mucho entonces y dejé de ir a la universidad y le pregunté tantas veces a Dios por qué a nosotros, por qué a ella que siempre había sido una mujer buena y noble, por qué a ella que había sido siempre mi mejor amiga, mi refugio, todo mi amor, todo mi todo. Desde hace 3 años me encuentro esta canción de Rubén Blades hasta en la sopa, hace días no la escuchaba pero esta mañana sonó en un bus en el que venía para mi casa, se me metió muy dentro y alcancé a sentir como me atravesaba el corazón. Pensé en mis hermanos, en mis sobrinos, en mi papá, en mi abuela, pensé en mis gatos y en mi loro y en mi perro. Pensé en que esa enfermedad nos cosió a todos de las manos, nos abrazó por completo, intentó destruirnos tantas veces, acabarnos, y sin embargo mi mamá tenía la fórmula para salvarnos, la fuerza de su amor se volvió nuestro analgésico: nos enseñó a seguir adelante, a vivir cada día como si fuera el único, a reírnos en vez de llorar. Durante estos tres años viajamos mucho, probamos nuevos sabores, conocimos nuevas criaturas, aprendimos nuevos lenguajes, lloramos por la alegría de estar juntos, por la alegría de poder leernos, de poder levantar el teléfono para decir “Hola, te amo… y tanto”, por la alegría de poder ser una f a m i l i a. Pensé en ella, en Laura, en mi mamá, en mi amiga. En lo admirable que siempre fue, y me quedé colgada de su sonrisa, de la pureza de su alma. Pensé en lo extraño que se vuelve el tiempo cuando pierdes a un ser querido: a veces siento que murió hace siglos y otras veces siento que murió ayer. Pensé en que en un mes pasan muchas cosas y yo sigo sintiendo que no ha pasado nada, y yo sigo sintiendo que ha pasado todo. ¿Y ahora? Ahora lo único que tengo en mi ser es un sentimiento de gratitud con la vida. Gratitud por los momentos bellos y por los no tan bellos, gratitud por haberle podido decir todo lo que quise decirle, gratitud porque estuvimos juntas estos 23 años (aunque yo hubiera querido tenerla conmigo siempre), gratitud porque fue ella, y no otra, mi mamá.

Periodismo

Rigo

13:00 h. Leo: “Sus primeros pedalazos, la muerte de su padre, sus primeros títulos, los accidentes y sus grandes premios están es este homenaje de la W Radio al ciclista de Urrao”. No presto mucha atención a lo que está a mi alrededor. Saco del bolso mis audífonos, los desenredo, me los pongo.

Play: “La primera bicicleta que tuvo Rigoberto Urán se la regalaron partida en tres pedazos. Era roja, de hierro y tan vieja que un tío suyo la tenía botada en la ramada trasera de la casa. El papá de Rigoberto se la mandó soldar porque quería que montaran juntos los fines de semana. Rigo, como lo llaman desde niño, tenía 14 años pero le aburría el ciclismo, no le gustaba pedalear.

[…]Un día en los vientos de agosto del año 2001, Don Rigoberto de Jesús Urán salió a entrenar con otro amigo en su bicicleta. No llevó a su consentido Rigo porque la salida era muy temprano y el muchacho debía ir a estudiar. Don Rigoberto no regresó sobre las 7 de la mañana como era de costumbre. Al regresar del colegio le contaron a Rigo que su padre no aparecía, el muchacho sacó su bicicleta roja y como loco salió a preguntarlo en el hospital, en la estación de policía y aunque su papá no bebía lo buscó en las cantinas de Urrao. Pero nada, no había rastro del hombre.

Al día siguiente llegarían con esa noticia que físicamente le quita el aire a cualquier ser humano, […] y en algunos casos  posterga el odio para toda la vida: paramilitares habían matado al padre de Rigoberto Urán”.

Stop. Cierro los ojos un momento, respiro profundo. Siento el olor a césped recién cortado, a campo. Giro y me doy cuenta que a mis espaldas un señor sin canas usa una de esas maquinitas que dejan el prado bonito, y que de no ser por la voz de Juan Pablo Calvás (la persona que narra la crónica que usted leyó para llegar hasta aquí), no me habría dado cuenta que estaba en plena labor.

Play: “Frente al féretro de su papá, de hombre a hombre, Rigoberto haría tres promesas que ha cumplido a cabalidad: velar por Aracely —su mamá—, y por Martha —su hermanita—, terminar el bachillerato y pedalear hasta el fin del mundo”.

Stop. Mis dedos se deslizan rápido sobre el teclado y las letras que en la pantalla suben híper-mega-rápido, parecen el fragmento de una película de ciencia ficción o la búsqueda de una escena detectivesca, nunca se sabe. Leo: “Crónica escrita por Pacho Escobar”. Me acuerdo de la gente de Radio Ambulante y me quedo colgada en el hecho de que me encantan este tipo de programas radiales. La sed que presiente mi boca me hace buscar como el bien más preciado mi termo de agua. Pienso que hoy hace mucho calor para saber que ayer llovió todo el día en Medellín, aunque, no lo pienso como una tragedia, al contrario, desde hace tanto me gustan las circunstancias intempestivas. Bebo un sorbo de agua. Pienso en Rigberto Urán. En Rigo (como también lo llaman los aficionados al ciclismo y uno que otro patrioterista). Pienso en el mantra colectivo: Go Rigo Go. Pienso en las veces que he visto camisetas estampadas con su nombre. Pienso en su pérdida pero me distrae una mariposa Morpho que revolotea frente a mí, de un lado a otro, con movimientos lentos y torpes, como si hasta hace muy poco la tinta de sus alas se hubiera terminado de secar y ella todavía no supiera como es eso de emprender el vuelo. Sigo observándola desde mi banco, feliz, hasta que 5 o 6 se acercan a ver lo mismo que yo, entonces prefiero devolverme a Rigoberto y a su papá, para pensar en lo difícil que es soltarle la mano a quien se ha querido tanto y empezar de cero y decir a la larga: “Listo, de aquí en adelante, voy a donde el corazón me lleve”.

Play. Stop. En mi celular se enciende una lucecita blanca que indica un mensaje de WhatsApp, es mi editora: El jefe de prensa me está preguntado si puedes llegar un poquito antes para que arranquemos puntuales a las 3:00. Habla de llegar a las 2:00 o 2:30 a más tardar. ¿Lo logras?. Recojo mis cosas, me acerco hasta la rama en la que todavía posa la mariposa azul, le pido a Dios que esta vez no me pierda (porque cada que voy a El Poblado lo hago) y me voy para llegar a tiempo.

14:16 h. El edificio en el que está la oficina de Rigoberto Urán parece recién inaugurado. Algunas ventanas dejan entrever la ausencia o por lo menos la aparentan o al menos esa es la impresión que me da cuando me bajo del taxi que obvio se perdió en el trayecto. Antes de entrar miro al cielo y pregunto, como quien espera que una nube le hable: parcero, ¿a dónde se van siempre todas mis plegarias? Entro, la portera me hace un interrogatorio y me deja seguir.

Oficina 805.

—Buenas tardes —Me dice el hombre detrás del primer escritorio que se ve al entrar.

—Hola. Estoy buscando a Rigoberto Urán —le respondo mientras me acerco hasta él—. Vengo de la revista Cromos.

—Ah, sí. La están esperando arriba.

Me devuelvo para subir las escaleras. Una señora me ofrece algo de tomar. ¿Un café? ¿Una aromática? ¿Un vaso de agua? Le digo que no, gracias. Y sigo el pequeño trayecto, me detengo un momento y veo un estante con 16 compartimentos: dentro de cada uno hay un par de zapatillas (faltan 3 por llenar), excepto la primera fila, en la que  en vez de zapatillas hay cascos: 4. Empiezo a subir. En la pared veo una bicicleta roja de hierro, está colgada en unos ganchos hechos exclusivamente para ella. Debajo hay unas letras grandes, blancas que dicen: GO RIGO GO. Termino de subir. Veo otros dos estantes, de cuatro espacios cada uno: 8 camisetas guardan. Y quienes me esperan están allí, sentados, conversando.

—Hola. Soy Nátaly, de la revista Cromos.

Las personas que esperan son el ciclista, su novia —Michel—, y su jefe de prensa —Juan David—. Michel Rigoberto y yo volvemos a bajar. Otra vez la bicicleta flota, sostenida del muro, frente a mis ojos. Los objetos son cofrecitos de tesoros intangibles. Nos sentamos en un mueble capitoneado.

—¿Esa fue la que le regaló su papá? —Le pregunto mientras señalo la bicicleta desde la planta baja.

—Sí.

—Soltarle las manos a un ser querido y seguir adelante es difícil, además usted en ese entonces tenía 14 años…

Michel me pregunta si quiero un café. Rigoberto dice: ¿una aromática? ¿Un vaso de agua? ¿Qué querés? Les respondo que nada, pero ellos insisten. Un cafecito está bien, sin azúcar. Rigoberto le pide a la señora que vi antes de subir, que nos traiga dos cafés y un vaso de agua, por favor. Volvemos.

—Cuando muere mi papá yo no me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Ahí mismo me fui a vivir con mi mamá y a responder por la casa. ¿Cómo? Seguí vendiendo lotería que era lo que hacía mi papá, pues, hacía 3 cosas al tiempo: estudiar, entrenar y trabajar y todo lo hacía muy bien. Obviamente fue duro, fue muy duro, pero yo siempre he pensado que a la vida le encanta ponerte obstáculos y que uno no se puede quedar pensando: ¿por qué me pasó esto a mí? Porque el que se sienta a lamentarse se va a quedar ahí… Siempre hay que afrontar las cosas: listo, ¿tocó esto?, es un momento súper difícil, pero sigamos pa’ adelante.

La señora viene con lo pedido mientras el ruido de todo Medellín se escabulle por las ventas de este piso octavo en el que estamos. Afuera el sol ha desaparecido del cielo blanco y adentro el aire acondicionado me ha empezado a congelar los dedos. Nos quedamos en las bebidas. Silencio. Los dos están vestidos de blanco y negro. Michel y Rigoberto. ¿Qué otros obstáculos ha tenido?, le pregunto. Y él pone sobre la mesa un tiempo que, dependiendo de los ojos con que se mire, fue o una catástrofe o una bendición:

—Después de tener una carrera muy buena en Europa llegaron 2 años más o menos regulares: 2015 y  2016. 2 años en los que la gente me decía que me tenía que retirar y yo le preguntaba a la mujer (mira a Michel con un gesto burlón que le ilumina el rostro): mi amor, ¿será que ya me tengo que retirar o qué? (Los tres nos reímos). En el 2015 estaba en el Tour de Francia  y las cosas no estaban bien. Le decía a Michel (vuelve a poner sus ojos sobre los de ella): no, no estoy disfrutando esto… porque estaba enfermo y porque no… digamos que era un martirio. Pensaba: jueputa, yo he entrenado, mi aspiración de niño era correr aquí, estoy en el equipo con las estrellas del mundo, con Mark Cavendish, con Tony Martin, con Michael Kwiatkowski y no pasa nada.

—No era un martirio —dice Michel mientras el ciclista le da espacio—, era que se dejaba bloquear.

—Sí, estaba bloqueado, era una desilusión, pero una desilusión mía porque era lo que yo siempre había querido, lo estaba haciendo y no lo estaba disfrutando. Pensaba: esta mierda no sirve pa’ nada.

De regreso a Colombia, después del Tour de Francia 2015, Rigo (como lo llamamos hasta los que no lo conocemos), se fue de vacaciones a Cartagena donde una de sus amigas, Catalina Escobar, que lo llevó a recorrer su Fundación y a cambiarle el horizonte:

—En la Juanfe (así se llama la Fundación), vimos una cantidad de niñas que no tenían nada, supuestamente, pero que tenían un empoderamiento sobre lo que querían hacer que me hicieron reflexionar mucho, les veía esa actitud de “Quiero salir adelante” y tal, y me veía yo acabando de llegar del Tour, pasando por un momento muy duro y ahí cambiaron muchas cosas. Dije: sí voy a correr también lo voy a disfrutar, porque ahora quiero gozármelo, quiero disfrutar de entrenar, quiero disfrutar de la carrera gane o no gane, disfrutar sin importar los resultados, desapegarme.

Y al llegar a Medellín habló primero con su familia y  después con su manager:

—Encárguese usted, yo no quiero saber nada, si encuentra equipo bien y sino también parce.

Ese 2016 fue el fruto de un cambio difícil: no tuvo los mejores resultados en lo deportivo pero en lo personal estaba en otra dimensión, había vuelto a correr y a entrenar por pasión. Y pese a todo lo que pensaban los aficionados y algunos periodistas, no, en su cabeza no estaba la posibilidad de retirarse del ciclismo, estaba la posibilidad de seguir trabajando si no como el líder, sí como ayudante de otro compañero. Además su constancia al entrenar seguía intacta:

—La disciplina para mí y para cualquier persona, lo es todo… Bueno, pero no la disciplina, la autodisciplina. Porque la disciplina es cuando a usted le imponen algo. La autodisciplina es que usted lo hace porque sí, porque tiene pasión y porque le gusta lo que hace. Mi equipo lo tengo en Europa y nadie me está diciendo: Rigo, tiene que entrenar, tiene que hacer esto. Hay ciertos momentos en los que nuestra capacidad física y mental no dan más, pero las ganas y el compromiso le dan a usted ese extra que cree que no tiene. Por ejemplo, usted está entrenando y no fue capaz de “dar más” y cuando está en la competencia, disputando una etapa, sale ese extra que le hace darlo todo. ¿Qué quiero decir? Que hay muchas cosas en las que no nos podemos limitar para nada, que podemos sacar más de lo que tenemos, lo que pasa es que necesitamos buscar el detonante.

Tal vez por eso que la vida le reservó un peldaño más alto en el 2017. Volvió a estar adelante:

—No cambié nada para ganar ese segundo lugar en el Tour, no cambié el entrenamiento, no cambié mi dieta, no cambié nada. Es gratificante saber que el trabajo que estás haciendo te lleva al pódium. Escuchar tu himno ahí, ganar una etapa, eso es muy grande y claro que te da felicidad, pero, ¿cambiar tus hábitos? No, tú tienes que seguir siendo la misma persona así lo ganes 5 veces o así no lo ganes. Yo siempre le he dicho a la gente: usted quiera a la persona, no al deportista, porque el deportista es una cosa efímera. El año pasado 2017 fui subcampeón del Tour, ya en este 2018, empiezo de 0. Yo no cargo con los resultados de atrás porque no me sirven para nada.

El fotógrafo nos interrumpe, ya está todo listo para que Rigo (como se llama él mismo), sirva de modelo. Mide 1,73 m y pesa 62 Kg. Se ve muy delgado y su cabello rubio no está tan largo como para caerle sobre el cuello ni tan corto como para decir que no le cae. No le tiene miedo a la cámara. Juan David pone música mientras Michel dice: “aquí se escucha puro reguetón”, y el obturador empieza a cerrarse y a abrirse. Una y otra vez. Rigoberto se mueve como el fotógrafo y su novia le indican. Después de un momento Michel se acerca para arreglarle el cuello de la camisa, el reloj, las manillas. Todo se trata de encontrar el mejor ángulo. Afuera las nubes se han desatado en corrientes de lluvia. Adentro regresa la señora que nos ha calmado la sed durante este tiempo, con más café y agua en su charola.

—El 2018 empieza desde 0, pero, ¿cuáles son sus propósitos? —Le pregunto a Rigoberto, que ya está de vuelta.

—En lo deportivo, como en el 2017, volver a estar a nivel, estar vigente, disputando las carreras, seguir. Yo no te voy a decir que voy a ganar el Tour, no, eso es muy personal, aunque sí, estar allá es una prioridad y un objetivo y para eso me estoy entrenando con mucha entrega y mucho respeto porque todo el mundo se prepara muy bien, más que bien; pero prefiero pensar en eso cuando sea el momento. La gente me pregunta: ¿Cuándo va a ganar pues usted el Tour? ¿Este año sí? Yo les respondo: puede ser, no sé. Lo único es que me estoy entrenando con mucha disciplina, como el año pasado, hay que esperar. Y me vuelven a preguntar: ¿Entonces va a ganar? Y yo lo que les respondo es: Yo que voy a saber guevón. —Y se suelta en un carcajada.

—¿Y en lo personal?

—Seguir disfrutando. Tener salud. Disfrutar de montar bicicleta, de correr, de representar a Colombia, de seguir llevando esa imagen que ya en Europa la gente tiene de nosotros, de hacer parte de ese granito de arena para que la gente se interese más por nuestro país, para que vengan y miren dónde entrenamos, eso también le da a uno mucho orgullo. Seguir creciendo con mi equipo. Y seguir creciendo con Go Rigo Go.

Al margen, en la página web de Go Rigo Go, el ciclista le ha dejado un mensaje a los visitantes: “Mijitos, el ciclismo es mi vida, siempre pedaleo hacia la meta con berraquera y ahora quiero compartirles algo de lo que me apasiona”. Es decir, un proyecto que nació de la mano de Michel, por eso ella empieza a contarme:

—Hacía mucho tiempo nosotros decíamos: qué rico montar algo, crear una empresa, generar empleo con lo que nos apasiona. Y habíamos visto que las personas tenían un poco la necesidad de tener ese carisma de Rigoberto Urán más cerquita, porque empezaron a sacar camisetas con su nombre.

—Además —Sigue Rigo—, queríamos tener algo en qué ocuparnos cuando nos retiremos del ciclismo profesional y queríamos también que la gente que monta bicicleta tuviera moda, no uniformes sino moda, que salieran a entrenar bien vestidos, cómodos, con vestidos iguales a los que usan los corredores en el Tour de Francia, con las mismas tecnologías y con unos diseños que estuvieran a la altura.

—¿Se imaginaron que iban a tener tanto éxito con la marca? —Pregunto.

—No. Porque nosotros iniciamos para divertirnos —responde Rigoberto con su sonrisa perpetuada—, y hoy en día tampoco dimensionábamos el éxito, nosotros hacemos algo que nos gusta, tenemos un grupo de trabajo al que le gusta donde trabaja y nos lo sollamos, lo disfrutamos, nos encanta ver a la gente con la ropa, nos encanta ver que la gente nos escribe: “nos encantan los diseños, nos encantan las telas”. El contacto con la gente es muy bonito.

—Incluso, a veces, usted mismo va a entregar los pedidos…

—Sí. El que tenga tienda que la atienda. Me gusta conectarme con los clientes. Cuando usted está comprando de Go Rigo Go dice: Ah, ese man qué va a saber si yo le compró o no. Pero claro que yo me doy cuenta y me gusta ir a llevarles su entrega y ver esa felicidad de la gente cuando me ven y esa cara de sorpresa… eso para mí es un valor muy grande.

—¿Qué proyectos nuevos tienen con la marca?

—Vamos a expandirnos internacionalmente. Queríamos estar muy organizados nacionalmente para dar ese paso. Tenemos muchos proyectos que están caminando.

—¿Cuáles?

Michel responde:

—Yo siempre he pensado que si usted tiene una, cuando ya la tenga afuera, dígala, pero mientras esté en maduración… Por lo pronto es ampliar el portafolio, incursionar en nuevos negocios…

17:36 h. Afuera, el agua ha desaparecido. Adentro me pregunta Michel mientras saca una aromática: ¿Quieres una?, estas son más ricas, son de jengibre. Le digo que no, que prefiero agua al clima y que estoy congelada. Yo también, me responde ella. Después me acompañan a la puerta. Mientras salimos me cuentan a qué competencia pertenecen los trofeos que hay allí, todas las escarapelas, las revistas y cuando pasamos por los estantes que vi al entrar, Michel me cuenta a qué equipo pertenece cada camiseta, a qué carrera cada par de zapatillas. Es que queremos hacer un museo, me dice, lo que pasa es que como él regala todo todo todo estamos empezando a recuperar las cosas, y seguido le pregunta a Rigoberto: ¿Ya le contaste la historia de la bicicleta (la roja, la primera)? Y él le responde que yo me la sé. Me voy. Y ya aquí, en el taxi de regreso, pienso en ellos dos. Rigoberto y Michel. En ese amor que se tienen, o por lo menos, el que yo percibí que se tienen, y que parece estar por encima de cualquier etiqueta. Pienso en lo que significa la palabra obstáculos, la palabra campeón, la palabra berraquera, pienso en eso de que siempre hay que caerse para levantarse y me distraigo con las luces rojas de los autos y con la soledad del cielo azul oscuro.

Este artículo fue portada en la revista Cromos.

Lo que escribo en mi libreta

Hace unos días Rigoberto Urán me ofreció un chocolate. Había muchos: cada uno estaba guardado dentro de una cajita blanca y tenía grabada una palabra en tinta satín. Antes de tomar el mío, me dijo: “Pille bien cuál va al escoger”. Y yo que siempre he sido medio ñoña, me quedé pensando en el significado de cada palabra: Alegría, Amor, Pasión, Felicidad, y otras más que ahora se me escapan. Así que al ver mi indecisión, dejó las cajitas sobre la mesa y se fue a cambiar de ropa (estaba en una sección fotográfica). A su regreso, después de 40 minutos, yo ya había puesto mi cajita a un lado y me había comido la mitad del chocolate. El la miró, me miró a mí. Y se sonrió. Y repitió la palabra: Unión. Y me dijo: “Hay situaciones muy difíciles, momentos de los que uno tiene que salir bien porque y si no nunca nunca nunca va a poder superar eso. La vida siempre te pone pruebas pero la solución no es sentarse a lamentarlo, obvio que fácil no es, porque fácil no es, es empezar de ceros, pero hay que decir, por más duro que sea esto, listo, ¿me tocó a mí? Sigamos para adelante”. Entonces yo me quedé suspendida en el silencio de esas palabras y pensé en Fausto, en mi Familia, en los amigos que quiero tanto y que siempre están en mí, en la frase que había al reverso de la caja: “Hay que unirse no para estar juntos sino para hacer algo juntos”, y supe enseguida que sí, que mi palabra era esa: Unión. Ninguna otra. ¿Y luego? Nada, una entrevista que duró toda la tarde y un pensamiento que se ha vuelto eterno en mi memoria: tan bonita que ha sido conmigo la vida y tan bonito que ha sido el periodismo, porque siempre que estoy al borde del abismo me ponen en el camino a alguien que, gentil, me ayuda a retirarme de la orilla.