Periodismo

Mi Rock al Parque

Sábado.
 
Estoy frente al espejo. Saco un labial, me lo pruebo, me lo borro. Encima de la cama, el gato juega a sacarle hebras al buso de lana con el que dormí. En la cocina, Tahina escucha Angra, la banda de power metal a la que verá más tarde. En la habitación continua a la mía, Juank lee a Walter Benjamin y con los dedos imita el ritmo electrónico de Cerati que inunda su espacio. Sigo frente al espejo probándome labiales, me doy vuelta y abro las llaves de la tina para darme un baño, pero mientras se llena, el vapor que emerge con el agua de los tubos de metal, se adhiere al espejo y convierte mi reflejo en un cúmulo deformado de tonos nude. Como abrir el pecho y sacar el alma una cuchillada del amor. Me quito la ropa y el útimo color y me sumerjo en el pequeño estanque de agua caliente, y ahí adentro, reviso mi lista imaginaria de pendientes y me asusto con la semana de dragón ambriento que me espera.
 
—¿Ya habían ido antes a Rock al Parque? —Pregunta Juank, que está recostado en la nevera con un vaso de jugo en la mano.
—Parce, he venido mucho a Colombia y nada, nunca me había tocado. —Responde Thaina al tiempo en que revuelve unas pastas que tiene a fuego lento en la estufa
—Yo tampoco, y miren que estoy muy feliz porque siempre quise venir y no había tenido la oportunidad de hacerlo… Hoy no voy, mañana y el lunes sí, ¿ustedes cuándo van? ¿Los tres días? —Digo de últimas.
 
Ambos me cuentan que no se van a perder nada, hacemos una lista interminable de artistas a los que queremos ver, y creamos una serie de escenas distópicas en caso de que nos encontremos. Y en medio de eso abro una conversación en el grupo de WhatsApp del trabajo, Viernes Trece:
 
Nát: Saben qué, les voy a decir algo muy paila que estoy pensando desde hace un rato: no tengo ropa rockera para ir a RAP, jajajaj.
Chu: GIF de niña mirando como bicho raro.
Nát: Dije que estaba pensando algo muy paila…
Zeta: Ayer era el día metalero, dónde muchos vestían de negro, ya hoy y más aún mañana, la gente se va normal. Así que no importa la ropa. Si tienes una prenda diferente, como un abrigo o algo raro, lo puedes llevar.
Chu: Gracias por los tips.
Zeta: También puedes hacerte un maquillaje diferente de acuerdo a tu personalidad.
Lala: Whaaaaaat yo voy normal!!! Jajajajajja.
Marce: Sííí, abrigada y cómoda.
Nát: Bueno.
Lala: Síííí, eso pensé yo: llevo saco, abrigo y botas porque está helando por la noche.
Nát: Yo toda asustada, soy muy boba, jajajaja. Perdón, se lo tenía que contar a alguien.
Marce: Nahh estamos en familia.
 
Domingo
 
Llego al Parque Simón Bolívar. Delante de mis ojos hay un río de gente que salta, grita y se emociona al unísono. Detrás, las guitarras de Zona Ganjah me estremecen la piel. Es un día de mucho ritmo. Veo a Natalia en la zona de prensa y la acompaño a almorzar una lechona fea a las cinco de la tarde. Estamos medio felices, medio tristes, y el cielo de Bogotá se suelta en un aguacero: llueve despacio primero, rápido, lento después, entonces empezamos las dos a caminar como pequeños fantasmas debajo de una misma capa azul impermeable. Nos reímos. Hablamos. Pasamos de la Doble A a Acidez y nos perdemos la una de la otra. Y sola, otra vez, la lluvia me abraza. Intento llamar pero no hay señal. Intento hacerme debajo de un árbol para resguardarme como un animalito de campo, y me voy sintiéndome un poco más soyada después de aspirar el humo de los porros de los que se hicieron a mi lado buscando como yo calor. Hay recuerdos que no voy a borrar. Personas que no voy a olvidar. Silencios que prefiero callar. Escampa. Tengo el pelo mojado, la ropa mojada, los zapatos mojados y el piso de tierra es un mar de dos centímetros de profundidad. Pantano. Intento encontrarme para caminar hacia Aguas Ardientes pero llego a todas partes y a ninguna parte. ¡Nat!, me grita y me salva Zeta. Le digo que quiero ver a La Vela Puerca pero que no tengo idea de donde estoy parada. Me dice que lo acompañe a The 5, 6, 7, 8’s y que luego vamos a ver a mis uruguayos. Vamos. Y encuentro a H, lo abrazo y canto como si las canciones fueran mías. Soy de la cuidad con todo lo que ves, con su ruido, con su gente… Sigo caminando con Zeta y a lo lejos descubrimos a Lala y a Chu caminando hacia el esenario Lago, les grito: ¡Lala! ¡Lala! Me escuchan. Hacemos una pequeña fiesta y me voy con ellos a ver a Rita Indiana. Me enamoro de Rita Indiana, y me pregunto por qué no la había escuchado antes. Bailo. Salto a veces. Bailo. Lala también lo hace. Y Chu es una estatua fría en medio de mil almas que no pueden quedarse quietas.
 
Lunes
 
No sé si recuerdo más las gotas de tierra espesa que salpicaban en mis zapatos y en mis medias negras cuando caminaba por la zona de emprendimientos, o la historia que encontré inscrita en un tablero dentro de la carpa Bogotá en 100 palabras; o las respuestas de los dueños de esos espacios: “Somos una tienda con 10 años en el mercado”. “Creamos la tienda para parchar con los amigos”. “Desde hace 3 años participamos de Rock al Parque”; o la canción que llevaba enredada en la lengua, en todas partes: Ella se divide en dos la sombra y la luz del mundo, sus ojos son un mar profundo, hoy sin ella yo no veria el sol; o la felicidad de Lala por ver a Christina Rosenvinge, o las ganas de Vivi de ver a Gustavo Santaolla; o el recuerdo de la voz de H diciéndome: “Estoy feliz de volver a ver a Santaolla”; o mis ojos hechos agua viendo a Santaolla; o mi cuerpo mojada por las primeras gotas de lluvia desterradas del cielo lechoso; o el pantano; o la lluvia; o la cara de la juventud desaforada; o a mi cuerpo cantando a todo pulmón, como si fuera la más fan del mundo A Dios le pido que mi pueblo no derrame tanta sangre; o mi cuerpo enloquecido de amor por ver a Fito Páez; o el sentir a mi garganta disfónica de cantar todas, todas, todas las canciones de Fito Páez; o a mi cuerpo muerto de risa escuchando a El Tri; o el morirme de la felicidad por ver a Zeta Bossio; o la impresión que me causó el ver a tanta gente reunida para celebrar un ritmo musical y no un partido de fútbol; o la especie de montaña rusa sentimental que me hacía recordarme en el Lollapalooza; o  el sentirme tan feliz, tan llena de música, tan llena de vida después de tanta tristeza y tanta podredumbre; o el pensar que en realidad la gente se viste como le da la puta gana para ir a donde le da la puta gana; o el sentir que el presentador del escenario principal estaba muy paila cuando gritaba: “¡Sexo!… Ahora que tengo su atención”, y terminaba con una propaganda de no recuerdo qué; o el desorden de horario que se hizo en el esenario Plaza y que terminó permitiéndole a muchos, poder ver a Babasónicos en el escenario Bio; o la emoción de Andrea Echeverry, el homenaje a Kraken, o en general, al cierre solemne e impecable de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Sé que recuerdo muy bien el cosquilleo en las manos y el temblor de las piernas por poder estar ahí escuchando a mis bandas favoritas, con los que se han vuelto mis personas favoritas, porque a la larga, así se deberían vivir todos los días, no solo cuando vamos a un festival.
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Periodismo

El escritor al que no llaman dos veces

En la casa de Antonio García Ángel hay muchas cosas: libros, plantas, hilos, amor, un gato ausente, libros, juguetes, agujas, canutillos, pinturas. Son tres pisos abarrotados de objetos encantadores y, sin embargo, desde que estuve allí no he podido dejar de pensar en uno específico: en el corazón del comedor hay dispuesta la reinterpretación de un Málevich. Aunque tal vez no lo sea. Tal vez es una apreciación mía que el sujeto que mira con los ojos cerrados a los comensales es el compendio de un tratado de geometría. El sujeto, claro, que detrás de sí tiene gotas de lluvia o de llanto no es más que el interlocutor inanimado de una casa que está situada en el número 409 de cualquier conjunto residencial del barrio Pablo VI.

—Me fascina ese cuadro. —Le dije a Katherine, apuntando con el índice a la imagen suspendida de la pared principal.

—A mí también me gusta. Lo hizo la hija de Antonio.

—¿Sí? ¿Es artista?

—No sé, pero me parece que lo hizo la hija de él, ya no recuerdo. —Me respondió concentrada en un tumulto de ropa desordenada que a toda costa intentaba meter en un bolso que no tenía espacio disponible.

***

Me crié con mis papás en Cali. Vivíamos en una casa grandota en San Fernando, con dos hermanos (yo soy el mayor), y nada, recuerdo una infancia muy agradable porque viví en una época en la que se podía jugar en la calle y hasta tarde y los adultos no tenían que andar vigilándolo a uno, además, mi papá es médico, pero siempre fue muy buen lector, entonces gracias a él teníamos biblioteca, enciclopedias y literatura, y por eso siempre leí. Si me preguntás por el primer libro de grandes que me devoré, te digo ‘Relato de un náufrago’, de García Márquez, a los 9 años, y de ahí en adelante, cositas que tenía al alcance de la mano y que iba detectando… Me gustaba mucho, por ejemplo, Daniel Samper Pizano, me divertía cantidades con sus obras: ‘Piedad con este pobre huérfano’, ‘A mí que me esculquen’, ‘Postre de notas’, ‘Llévate estos payasos’.

—¿Hoy todavía le gusta ‘Relato de un náufrago’?

—Sí, y en ese momento me encantó. Me lo leí en una sentada y creo que desde eso me quedé enganchado a la literatura. Recuerdo un viaje que hicimos a Coveñas en el que me insolé por andar leyendo ‘La isla del tesoro’ —se ríe sinceramente: los ojos le brillan, se sumerge los dedos entre el cabello, y cambia de posición: pone el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha y una media azul de líneas diminutas y blancas parece respirar luz debajo de un pantalón vinotinto—. También es que cuando uno es malo para las matemáticas, malo para la geometría, malo pa’ la química y malo pa’ todo, se termina aferrando con uñas y dientes a lo que le sale bien. En mi caso era eso: leer y escribir.

—¿Esa es la razón por la que estudió Literatura y Comunicación?

—Sí. Como en noveno descubrí a Andrés Caicedo y eso fue una especie de mazazo en la cabeza porque todo lo que yo había leído pasaba lejos, eran historias nada cercanas, entonces de pronto leer a Andrés Caicedo y saber que dentro de sus libros había gente pasando por la quinta, por la Roosevelt, por la heladería Dari Frost, ¡Dari Frost!, donde yo comía helados con mis papás, fue como: What? ¿Se puede hacer literatura con elementos que uno más o menos conoce? Y ahí como que se me fue afianzando la vocación de escritor y amplié mi rango de lecturas.

—¿Y la universidad?

—Bueno, cuando me gradué del colegio quería ganar independencia, venir a la gran ciudad… y me vine con la idea de estudiar Comunicación, aunque mi vocación no fuera de comunicador social, sino de escritor, pero pues eso era lo que había pactado con mis papás con el cuento de que acá estaban los grandes medios, porque obvio no me iban a dejar estudiar Literatura lejos de Cali. Lo que pasó en el proceso es que me empezó a parecer que Comunicación era muy fácil, así que me matriculé a escondidas en Literatura.

—¿A escondidas? ¿Cómo se pagó la carrera a escondidas?

—Pedía más plata. No me decían: “Mostráme el recibo de la Universidad”. Cuando le conté a mi papá que estaba haciendo dos carreras fue ganancia, no me dijo: “¿Me habías estado pidiendo plata para hacer una segunda carrera? ¡Es el colmo!”, no, porque el propósito era noble, si se quiere, era estudiar.

***

—¡Encontré mi libro! Hace días lo estaba buscando y no lo encontraba. Lo tenía mi niña en la biblioteca de ella. Ay, mi niña, tan bonita, ya casi viene. —Dijo Antonio con una voz tan azul como la camiseta que llevaba puesta, cuando terminaba de subir las escaleras que dan paso a la sala.

—¿Me lo muestras? —Le respondió Miguel, al tiempo en que se lo recibía.

Hubo un silencio veranero. Pausado. Perezoso. Todos nos reunimos alrededor de ‘El taxista llama dos veces’ (Penguin Random House, 2017), como para rendirle culto. Leíamos, detallábamos los dibujos, nos sorprendíamos al unísono, veíamos las manos de Miguel darle vuelta a cada página como si tuviera miedo de arrugar un papel con mucho gramaje. De pronto, rompíamos esa sensación de quietud para hacer algún apunte referente a la infancia o a la situación política del país, hasta que se corrió la voz, de un piso a otro, de que iban a empezar a grabar. Bajé rápido. Y entré al cuarto de la niña. Todo estaba desordenado por las cámaras y la gente. Vi una cama semidoble con sábanas y cobijas rosadas, un escritorio y una biblioteca atestada de libros y de juguetes artesanales. Vi un nenuco desnudo y tatuado por unas manos chiquitas y les dije a todos: “Miren”. Algunos tomaron fotos. El papá dijo que no lo había visto antes.

Hubo, otra vez, un silencio robusto, y pensé en el cuadro.

***

—Cuando se graduó, ¿dónde empezó a trabajar?

—En La Mega.

—¿De locutor?

—Sí, abría ‘El mañanero’ con Villalobos y con Andrés López. Duré 4 meses y no lo soporté más. En ese momento ‘El mañanero’ era la súper bestia, tocaba estar feliz a las 6 de la mañana y me parecía tan vacío todo. En esas me salió un puesto en un programa que se llamaba Papaya, de Caracol Televisión.

—¿Qué hacía en Papaya?

—Presentaba y hacía notas. El programa se acabó muy rápido y me dediqué a escribir mi primera novela.

—¿‘Su casa es mi casa’ (Planeta)?

—Sí. La fui haciendo muy de a poquitos —se acomoda nuevamente. Pone el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda y se esfuerza porque su explicación no salga con polvo de entre sus recuerdos—. En el 95, conversando con un par de amigos en la Javeriana, Claudia Vargas y Juan Carlos Rodríguez, se nos ocurrió que cada uno hiciéramos una novela policíaca. Ese día llegué a mi casa y escribí el primer capítulo. Cuando nos volvimos a ver les dije que ya había empezado y me preguntaron: “¿De qué está hablando?”, y bueno, me demoré 6 años en ella. La publicaron en el 2001.

—Terminó de escribir la novela en el 2000, ¿y luego?

—Me dieron trabajo en Soho como Editor de Especiales, de 2003 a 2004.

***

Llamada de Bogotá a Madrid:

—Mira que estoy trabajando con un tipo que es escritor y no sabía.

—¿Cómo se llama? —quiso saber mi interlocutor al otro lado del teléfono.

—Antonio García Ángel.

—Ah, sé quién es.

—Tan mentiroso.

—En serio —carcajadas—, le hice una entrevista sobre una novela que no recuerdo cómo se llama… mmmm, ‘Recursos humanos’, creo. —Me contó el periodista de El Mundo con el que hablaba.

***

En 2004 me gané una beca de Rolex que se llama ‘Iniciativa artística para maestros y discípulos’. Consiste en que a uno le ponen un gran maestro de mentor para escribir una novela. A mí me tocó Vargas Llosa. Me entusiasmé mucho porque me fascina su literatura y renuncié a la revista, aunque seguí de columnista algunos meses.

—¿Cómo se ganó esa beca?

—A esa beca te invitan. Uno no puede postularse, otros te postulan.

—¿Y quién lo postuló?

—Había un comité nominador: Alberto Fuguet, Jorge Rial, Jorge Volpi, Adriana Cepeda y Santiago Gamboa, que fue el que me postuló. Si el comité dice que sí, a uno le avisan y le toca mandar unos papeles, muestras de escritura, y presentar una entrevista.

—¿Con quién?

—Con Vargas Llosa. Fui hasta Lima para verlo.

—Y, ¿de qué hablaron?

—Pues yo no pensé que fuera a ganar, la verdad, estaba muy convencido de que no. Estuve una noche con él echando carreta. En esa época estaba leyendo mucho a Cabrera Infante, y sabía que ellos eran amigos, entonces básicamente me fui allá a preguntarle cosas sobre Cabrera Infante… los postulados éramos 3, cada uno tuvo su cena con Vargas Llosa, me eligió a mí, según él, porque yo era el que más lo necesitaba, los otros estaban más formados y eran mejores.

—¿Cuánto duró la beca?

—Un año… un año de estar viajando a verlo a él y de dedicarme por completo a ‘Recursos humanos’, que en Colombia se publicó en Planeta y en España en Lengua de Trapo.

***

—Voy a escribir un perfil sobre un man con el que estoy trabajando, y al que creo que todo el mundo conoce menos yo. —Le dije a F con toda mi atención puesta en unos libros que ordenaba.

—¿Ya lo entrevistaste? —Me respondió desde el baño.

—Sí, hablé con él en la oficina. Y estuve en su casa para unas grabaciones de ‘Caja Menor’.

—¿Cómo se llama?

—Antonio García Ángel.

Salió con el índice derecho levantado y se soltó en una carcajada:

—Yo también lo conozco.

Nos reímos los dos.

—Trabajamos juntos hace, ufff. A veces lo veo en eventos por ahí y le pregunto por su niña… Violeta, se llama.

***

Después de ganarme la beca y publicar mi segunda novela, ¿qué hice? Entré a ser Coordinador del programa ‘Libro al Viento’. En 2010 publiqué cuentos: ‘Animales domésticos’ (Penguin Random House); en 2015 un ensayo sobre Álvaro Mutis, ‘Jumma de Maqroll el Gaviero’ (Tragaluz), en el 2016, saqué ‘Declive’ (Penguin Random House), mi novela más reciente; en el 2017, ‘El taxista llama dos veces’, un cómic que hice con un par de amigos: Keco Olano y Juan Carlos Rodríguez; ah, y escribí, junto a Pilar Quintana, una película que dirigió Carlos Moreno: ‘lava perros’.

—¿Es distinta la narrativa audiovisual a la narrativa literaria?

—Sí, pero no es más fácil.

—¿No es más fácil?

—No. Es distinta pero no es más fácil. Yo pensaba que era más fácil de hacer un guion porque no tenés que ambientarlo todo como en la novela —me dice mientras se peina según él, se despeina según yo. No cambia de posición, no mueve las manos cuando habla. Sus ojos van a mis ojos, de mis ojos a la mesa, de la mesa al vacío—. En los guiones cinematográficos se hace un inventario del mobiliario, el lugar, un par de pinceladas y ya. Entonces pensaba: ¡buenísimo! Uno no tiene que andarse desgastando con la prosa… y no, es difícil, es difícil porque hay que atender un montón de cosas que no se tienen que atender en la literatura. Por ejemplo, en una novela yo hago explotar un helicóptero en 5 pesos de papel y tinta; en una película explotar el mismo helicóptero cuesta un montón de plata.

—¿Tiene más proyectos compartidos con Pilar?

—Sí. Estamos trabajando en una obra de teatro que va a dirigir Mario Duarte… Lo que hacemos es que ponemos nuestros computadores uno al lado del otro y vamos escribiendo y al que le salga algo le dicta al otro y así.

—¿Y en televisión? ¿Cuál es su experiencia?

—Cuando Colcultura se volvió el Ministerio de Cultura, hacía parte del equipo de Comunicaciones, y una de mis funciones era hacer un par de documentales para televisión, para la franja de Señal Colombia, uno era sobre el amor, otro sobre el trabajo. Después, escribí una serie web: ‘Atlético Victoria’. Después un proyecto que no salió al aire y ya en el 2017, si no estoy mal, hice los guiones, la presentación y parte de la investigación de una serie documental de Telepacífico que se llama ‘Buena letra’, y ahora estoy con ‘Caja Menor’.

***

Marcela y yo nos reunimos con Antonio hace 3 días para hablar. En medio de la conversación, nos pidió un momento para contestar el celular. Seguimos hablando. Nos pidió otro momento para volver contestar. Hizo una llamada. “Perdón, pero es que mi niña está abordando un avión en Atlanta y tengo que hablar con ella y con la mamá”, le escuchamos decir. “Tranquilo”. Colgó y siguió hablando, como si cualquier cosa, del programa en el que estamos trabajando todos los que aparecemos sin introducción a lo largo de este artículo: ‘Caja Menor’. Me distraje en las estrategias que teníamos sobre el escritorio y sentí un escalofrío dulce en todo el cuerpo: tremendo cómo las personas a las que amamos nos acompañan siempre: en un cuadro, en un libro, en un juguete, en los amigos, en una pausa.

Publicado en Canal Trece.

Vida

Biografía

“No sé cómo escribir una biografía cuando no he hecho nada con mi vida”, le dije a Jorge Iván. Después recordé y le conté que en el medio para el que escribo, los editores generales, ponen de ejemplo mis artículos para hablar de la muerte del periodismo. Jorge Iván, con una carcajada escrita, me respondió: “No soy un ejemplo pero sí una buena advertencia, decía un amigo”. Yo me reí, y me dije a mí misma que en verdad lo soy. Lo fui cuando trabajé en El Mundo (de España) y el editor, cada que le entregaba un artículo, me respondía: “Las crónicas son para las estrellas”, y yo no tenía brillo. Cuando escribí un primer artículo para una revista que estaba dedicada al Periodismo Narrativo y que había sido mi bandera durante mis días de estudiante, Arcadia (de Colombia) y la editora, me devolvió un correo en el que me decía: “No entiendo, Nátaly, por qué escribe en primera persona, no me gusta que sea así”, y ese texto nunca se publicó, al menos allí no. Luego mis palabras empezaron a aparecer en El Espectador (también de Colombia, porque soy de aquí), con el regaño violento y visceral del que hacía de jefe en Cultura: “Escribe siempre con sangre. Y escribe no como te enseñaron en la Universidad, sino como te nazca del corazón”, una idea muy romántica, debo admitirlo, pero también muy cierta. Por último llegué a Cromos (una revista que vive en la misma casa de El Espectador), que me abrío las puertas para escribir de la única manera posible para mí: dejando a un lado la tercera persona, diciéndome y diciéndole a mis lectores que no soy un dios, que lo que escribo, es lo percibo y que, a la larga, ese es mi único fin. Sin embargo, pasó lo que le conté a Jorge Iván y por consiguiente a ustedes cuando inicié este remedo de radiografía de lo que he sido, comentarios de mis compañeros haciendo reverencia a lo mismo: “¿Qué le importa al público lo que hace el personaje al que se entrevista mientras se entrevista? Los artículos deberíamos dejarlos en pregunta y respuesta y ya”. Pero, obvio, a estas alturas, “No soy un ejemplo pero sí una buena advertencia”. No sé si soy periodista o si soy la chica de 26 años que desde hace 5 toca puertas para que le publiquen lo que hace. No sé si soy ella o si soy esta que ahora mismo tiene dos gatos dormidos a sus pies y se preocupa por regar el pequeño bosque que habita en su hogar. No sé si dedicarse a escribir la verdad es ser periodista, pero sé bien qué es escribir la verdad: es luchar por lo que creés que hay dentro de vos, por las historias que hay afuera y que a nadie le interesan; es luchar contra una pirámide invertida que no tiene fuerza ni equilibrio; es saber soportar la angustia hasta saber cómo salir del barro. Eso, es lo que he hecho con mi vida desde hace 5 años, y significa todo.

Periodismo

La vida en una maleta

Entonces María Angélica me dijo que mejor le tomáramos fotografías: Vamos a hablar con David por si el tema da para la impresa. ¿Tú crees?, le respondí. Claro —giró su cara hacia la mía—, si la historia es real, sí, ¿para ti es real? No sé, tengo que investigar, pensé que no, pero luego me di cuenta de que estaba metiendo a Rusia dentro de la Unión Europea, así que prefiero averiguar bien cómo funciona la vaina allá.

Cuando encontramos a David, él, le encargó las imágenes a Natalia. María Angélica y yo volvimos para contarle a Andrea, quien se paró rapidísimo y se fue al baño mientras una amiga suya que la acompañaba, nos pedía que le avisáramos a Jorgito que ella estaba allí. Lo hicimos.

Pasaron unos 25 minutos mientras la chica se ponía rubor y brillo en los labios (el otro brillo, el de los ojos, lo traía consigo desde antes de escucharla: “En diciembre viajo para estar con mi hija y con mi esposo”). En la espera, Natalia quiso saber quién era la persona a la que iba a retratar. No sé, escribió este libro, mencioné fijando mi atención en una carátula amarillo pollito y en unas letras sin serifas: La vida en una maleta (Avant, 2018). ¿Y de qué trata?, balbuceó mientras me lo quitaba. Es un diario de viajes, según entiendo. Tiene unas ilustraciones preciosas —volvió a balbucear sin levantar la mirada de los dibujos—. Me contó que las hizo la niñera de su bebé.

***

—¿Es inglés? —Preguntó Andrea.

—¿Por qué cree que soy inglés? —Respondió Víctor.

—Porque tiene un acento británico perfecto.

—No —sonrió—, soy ruso.

Y esa última frase se quedó dentro de ella como un eco ensordecedor. Sin saberlo, tenía delante suyo al hombre del que le hablaba a su abuelo en sus primeros años: “De grande me voy a casar con un ruso”, aunque claro, habían pasado muchas cosas desde eso. Se había mudado a Australia, había regresado a Colombia, terminado su pregrado de Publicidad, empezado a trabajar en una empresa que le hacía preguntarse “¿Qué hago aquí?”, y recogido todas las cosas de su oficina después de enviar una carta de renuncia. Es decir, su sueño de matrimonio, no era más que el bosquejo olvidado de un país frío hasta la médula que, por casualidad, había vuelto a latir en ese instante.

—Siempre que alguien quiere saber cómo me enamoré de él, digo que… no lo sé… es como si hubiera encontrado algo que encajaba perfecto conmigo.

***

Andrea: “Creo que la infancia determina rasgos de la edad adulta, determina, por ejemplo, si el individuo es capaz de ser un buen compañero o no, responsable, maduro. Y yo quería saber quién era el posible futuro padre de mis hijos”.

Por eso, durante la primera etapa de su relación, quiso reconocerse en él, quiso escuchar todas sus historias, y también quiso saber cómo era la Rusia comunista y cómo la Rusia actual. Fueron meses de conversaciones eternas. Hasta que, al final, el recuerdo de su niñez se transformó en premoción.

Andrea: “A él le gustaba Bogotá y su gente, pero la inseguridad le hizo rechazar la idea de permanecer allí más e hizo un cambio de planes que incluía conocer otros países latinoamericanos. Nos casamos antes de viajar”.

¿Su primer destino? Ecuador. Allí, además de recorrer las islas Galápagos y de hospedarse por un tiempo largo, les llegó la noticia de que estaban embarazados, por eso los planes tomaron otros rumbos. Quisieron establecerse en un sitio, así que la ciudad de Víctor, San Petersburgo, fue la elegida. A los 7 meses de gestación, se mudaron de continente. Era perfecto hacerlo en ese momento, pues en abril el clima estaría un poco más cálido que de costumbre, aunque el ánimo de la mamá primeriza se hubiera convertido en una explosión de sentimientos y emociones que revoloteaban sin dios y sin ley de adentro hacia afuera. Por un lado, estaba cambiando su cuerpo, una vida crecía consigo. Por otro, ¿Rusia? ¿Cómo sería? Y la gente, ¿qué? ¿Y quién estaría con ella? ¿Y podría encontrar empleo allí? Para poder entrar al país, tramitó una visa de trabajo ya que la de residente debía tramitarla dentro del territorio.

Andrea: “Salimos el 10. De Colombia a Madrid, de Madrid a Moscú y de Moscú a San Petersburgo. Y ya allá, las expectativas con las que había llegado, se esfumaron una tras otra. Pensé que era un país desarrollado, hasta que vi que no hay cultura ciudadana; que no se recicla; que no hay inclusión para las personas en condición de discapacidad, me contó mi esposo: “Durante el comunismo los llevaban a vivir a pueblos lejanos para ser separados del resto de la población”, y eso, al parecer, no ha cambiado mucho hasta hoy; y tienen posturas retrasadas e ignorantes respecto a las personas de diferentes razas, costumbres y orientaciones sexuales. La verdad, de todos los lugares que visité, en ninguno vi tanta amargura”.

Esperaban que el parto sucediera a mediados de junio, cuando empezaban las noches blancas, un fenómeno atmosférico que ocurre en las regiones polares y que significa que el sol está presente en el horizonte 19 horas al día y que la oscuridad nunca es completa. Sin embargo, la bebé no se animaba a dar el siguiente paso, entre eso y el no poder dormir por el exceso de luminosidad, los dos padres ansiosos pasaron dos semanas angustiosas.

Andrea: “Nació el 2 de julio. Estuve en el hospital cinco días, los reglamentarios, compartiendo habitación con dos mamás que no hicieron más que quejarse durante mi estadía: ‘Ella no habla ruso’, ‘Es una extranjera’. Mi primer contacto con el idioma lo hice allí, donde al no poder estar con mi esposo o con mi suegra, me vi forzada a decir algunas palabras, siempre ligadas al dolor y a la tristeza: bol’nitsa,hospital y que viene de bol, dolor; plachet,llorar; bespokoynaya, intranquila”.

***

Recortes del diario de Andrea:

Me sentía muy vulnerable. Siempre había creído que, en mi rol de madre, todo sería alegría y, sin embargo, me sentía sola y extraña. Me costó mucho adaptarme.

 Uno de los momentos más difíciles fue ver a mi hija, de dos mesecitos, enferma e interna en una sala de cuidados intensivos.

 ***

Desde que regresó a su hogar, Víctor consiguió empleo de profesor, lo que le permitió a él y a su familia vivir cómodamente: después de la hospitalización llegó la calma y con la calma los viajes y con los viajes, la navidad.

Andrea: “El regalo de mi esposo esa noche fue una maleta inglesa y dos boletos a Colombia”.

Él papá las acompañó hasta París y de allí ella tomó un vuelo directo a Bogotá. Era la primera vez que viajaba con su bebé, sola. Estaba asustada, obvio, y feliz. En verano, regresaron ambas. Y empezaron, los tres, una batalla contra migración para conseguir la residencia de la mamá.

Andrea: “El sistema de control de la inmigración rusa es obsoleto y discriminatorio, diseñado para trabar y complicar los procesos. Afuera de las oficinas dispuestas para el trámite, que solo abren dos veces por semana, la gente empieza a hacer filas eternas desde las 4 de la madrugada. Es un sitio en el que no existe turnos, baños, ni prioridad para los enfermos, niños o ancianos. Intentamos llegar a la taquilla, lo conseguimos dos meses después de repetir el proceso sin falta. Aplicamos. Gastamos esfuerzos y dinero entre exámenes médicos y traducciones para tener como respuesta que mis papeles no habían sido admitidos. ¿Por qué? Fácil, porque el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia enviaba los papeles oficiales con apostillas electrónicas con el fin de que se pudieran verificar con un escáner, pero a ellos les pareció que eran documentos comunes hechos en Photoshop. Para solucionar el dilema debía ir hasta la Embajada de Colombia en Moscú, y solicitar una carta donde se reconociera la veracidad de mis documentos. Aparte debía traducir mi pasaporte con cada visa y cada sello porque tampoco tenían la tecnología para leerlos. Para aplicar una vez más debía hacer lo que me pedían y empezar el proceso desde cero”.

No tener la residencia la obligaba a mudarse a otros mundos cada 6 meses. China, fue la siguiente estación, en compañía de sus dos seres más queridos durante una larga temporada. En eso se les fue mucho amor y mucha desesperación, ansiedad y discusiones. ¿Y si buscaba otro refugio?

Andrea: “Nuestra hija tuvo distintos problemas de salud que causaron un desarrollo psicomotor y de lenguaje más lento, su ojo derecho requería una cirugía y toda su historia clínica estaba en Rusia, por eso, lo más conveniente era regresar. No quería hacerlo, pero debía, por ella”.

De vuelta a la ciudad de Víctor, supieron, tras varios exámenes médicos, cuál era el diagnóstico de su hija: hubo una duplicación en uno de sus cromosomas al momento de ser concebida, lo cual determinaba que no podría hacer lo que cualquier niño, necesitaba un tratamiento para sus problemas gastrointestinales, hormonales y oculares. En eso el tiempo corrió, la visa fue negada y tuvieron que salir a Cuba.

Andrea: “¿La tercera es la vencida? Regresé a Rusia en mayo. Volvimos a solicitar la residencia. Entregué los papeles y una orden médica para pedir que me extendieran la visa de turista mientras se resolvía la otra teniendo en cuenta que Víctor trabajaba y no podíamos viajar con nuestra hija en ese estado. Me negaron la prórroga”.

Recurrieron a la Convención Internacional de los Derechos del Niño, a un amigo que trabajaba en inmigración de San Petersburgo y la única solución que encontraron fue viajar a Israel y a Colombia mientras podía retornar. Volvió después de que Víctor cruzara el continente para encontrarla. La vida fue la misma. Se fueron a Roma en un intento por salvar un matrimonio de más de 5 años que ya estaba resquebrajado por la impotencia de ambos de no poder asentarse en una misma tierra y allí, como un milagro, vieron a su chiquita dar sus primeros pasos y la vieron sonreír entre los brazos del Papa Francisco.

Andrea: “Al tomar asiento le pregunté a mi esposo cómo había pasado, ‘¿cómo se la entregaste?’, le dije. ‘Unos instantes antes de que apareciera sentí un olor muy fuerte a olíbano y mirra y solo supe que debía acercarme’, me respondió. Si pudiera elegir una palabra para ese viaje, escogería renacimiento, porque eso fue: un renacimiento en mi fe con mi familia. Antes de irme a mis raíces, le dije una última cosa: ‘Juntos hacemos un buen equipo’, y no volvimos a tocar el tema del divorcio”.

***

En ese viaje de regreso a Bogotá, Andrea buscó a María Angélica que me buscó a mí para regalarme esta historia. ¿Con qué intención? Quería hacerle ruido al diario que había escrito y que había sido publicado en Barcelona ese mismo año. Al salir del baño nos dijo que no había ido preparada para las fotos. A lo que Natalia apuntó: “No te preocupes que igual estás linda”. Subimos a la terraza y encontramos un muro amarillo, uno tan claro como la carátula que me robó la atención desde el principio, y como la camisa que ella usaba. Se veía tan nerviosa.

—¿Qué día regresa a Rusia?

—El 17—contestó con la esperanza de hacerse invisible ante la cámara, creo—. Voy para navidad. No veo la hora estar con mi familia.

Natalia le hablaba para entrar en confianza. Le decía cómo posar. Nos reíamos las tres. De eso han pasado 6 meses. Hace poco le escribí por WhatsApp. Me contó que está en India, esperando poder volver a caminar la ciudad de Pedro el Grande.

Cartas dobladas en el bolsillo de una chaqueta

Feliz cumpleaños, mamá

Ahora soy yo la que, en las noches, apaga el televisor de papá, las luces del estudio, de la cocina. La que se fija que las llaves del gas señalen la palabra cerrado. La que llama a Idea y Almendra para que se queden dentro antes de cerrar la puerta del jardín. La que camina sonámbula por la casa, despaciosa, mientras la cafetera procesa la primera taza del día a las tres de la madrugada. La que está pendiente de comprar las sábanas y de preparar la cena. Sí, los roles han cambiado y de los ganchos de mi armario cuelga un disfraz de adulta feliz que le hace oda a este hogar infeliz y fragmentado. Se me van los días podando las plantas y abonándolas, sembrando begonias y un palito de limón, calateas, eucaliptos y filodendros. Jugando ajedrez con Valentina. Leyendo. Dibujando figuras mal hechas y patinando. Haciendo pereza en la hamaca. Rescatando abejas y chapolitas de las garras de estas dos fieras salvajes que, en este mismo instante, lloran a todo pulmón porque no extiendo la cobija sobre la cama… no han aprendido las pobres que el miau miau miau no es el pedal de mis movimientos sino más bien un eco ensordecedor y atribulado. Nadando en el río. Sintiendo que le quedé debiendo mucho amor a F después de que me llegará la noticia de la muerte de ese ilustre filósofo roto. Tratando de olvidar que es abril para no querer comprarte flores, para no sentir que esta familia es un bosque de tallos leñosos e inertes desde que nos dejaste tan tan solos, tan tristes. Y ya.

Te amo.

N.