Adiós, maestro

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Todavía no se puede hablar de Alberto Sierra en pasado. Yo no puedo. Alberto está en la Galería de La Oficina montando una muestra, está en un patio pintado de azul cielo, está en la entrada del MAMM, está en una finca, en la casa de un amigo, en la mesa de un comedor rodeado de personas que lo aman y que brindan por él después de días difíciles para su salud: “Por el placer de estar con Sierra que está tan aliviado, véalo, está como un príncipe”, dice el primero mientras el segundo le sigue la frase: “Duro de matar 12”, y la tercera la repite: “Duro de matar 12”. Y todos ríen y vuelven a bromear y levantan las copas y beben y después el mismo Sierra, con gesto de gratitud y una sonrisa en la mirada y otra debajo del bigote, dispara: “Gracias por ser como son”. Alberto está en el cuarto de una clínica, en los pasillos de una universidad, en un restaurante, está parado frente a usted, escuchándolo, con los ojos bien abiertos. Alberto está (otra vez) en la Galería de La Oficina, en la casa de un tipo que quiere ser artista a todo costa y que lo ha invitado a ver lo que hace, está de brazos cruzados y está de brazos abiertos. Está hablando de conceptos mientras sostiene sus gafas con la mano derecha y con la izquierda señala alguna obra. Está entre sus libros, poniendo una carcajada en su rostro y está diciéndole que no, que por ahí no es el camino, o que sí, que siga. Está recordando sus primeros años, su época de seminarista, está contándonos que todo lo que sabe sobre su oficio lo aprendió en la marcha. Está siendo historiador y está envolviéndolo con sus palabras. Alberto está en su refugio, está sentado bajo un palo de guayabas. Está abrazado a la vida, luchando por la vida, está de mal humor y está feliz. Y está vestido con una camisa negra, blanca, vaporosa para combatir el calor, azul, y tiene puesto un saco de lana para espantar el frío. Y usa un pantalón de dril. Y tiene zapatos de cuero y zapatos negros. Alberto es generoso y es CURADOR (así, en mayúscula, para que se note que es en toda la extensión de la palabra). Y es una leyenda, un legado, una huella descomunal, es una sonrisa traviesa. Y es padre de muchas personas sin haber engendrado un solo hijo. Es el más humano. Y es cruel, no. Es franco. De carácter fuerte. Es de esas personas que hablan siempre con dureza, que te empujan al abismo para que aprendas a volar, que tienen rituales para transmitir, que es íntimo, discreto, que es amigo, sobre todas las cosas amigo. Alberto es leal a sus principios y a su dignidad, y con esa lealtad lo abraza. Alberto es una escena de lucha por la introducción del arte contemporáneo en una ciudad (Medellín) plagada de conservadurismo barato, donde la única forma de representación posible era lo tradicional. Sí, Alberto ahora está inyectando la ciudad con nuevos modelos de pensamiento y expresión, está contándonos que hay otra forma de hacer las cosas, está dejando toda su sensibilidad y su criterio en los muros de un museo. Alberto está fumando. Ya no. Está tratando de huir de los homenajes que puedan hacerle. Está cambiando de tema cuando él es el vaivén de halagos. Alberto es un cable a tierra para muchos, un impulso. Y un sustantivo que siempre se conjuga cuando hay que hablar de la primacía del arte contemporáneo en esta parte de la tierra. Alberto Sierra está en el ayer muy lejano y en el hoy disperso. Alberto está en la memoria. Está aquí. Ya. Y entonces nada, entonces, es que desde el domingo otro corazón, el de él, el Sierrita, está encerrado en un ataúd y muchos, muchos nos quedamos llorando de tristeza, con tristeza, con amor.

Publicado en El Espectador.

El gesto mío

Fulgura tal cantidad de estrellas esta noche, que me pregunto cómo puede haber en el cielo espacio para tanto lunar de oro. Tal vez por eso, a ratos, algunas se desprenden, quizás empujadas por otras, que quieren sitio y cruzan la alta sombra como una larga flecha rubia. Yo no me canso de mirar y mirar el cielo esta noche. E inconscientemente, cuando veo desprenderse una estrella, alargo la mano con la absurda pretensión de apresar a la vagabunda. ¡Ay! ¡Es un gesto muy mío éste de tender siempre las manos hacia las cosas imposibles!

Juana de Ibarbourou en el libro Las lenguas de diamante.

El amor después del amor

El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

Derek Walcott

Soy nadie

Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces.
No lo digas: lo contarían, sabes.

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Cuando Emily Dickinson murió, la familia descubrió mil ochocientos poemas guardados en su dormitorio, este, Soy nadie, es el número 288.

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Modern love, Brian Rea.
En las paredes hay cuadros de Cole Porter y Frank Sinatra, de Ella Fitzgerald. En los rincones suena una canción de Amy Winehouse. Sobre las mesas, en los frascos de vidrio que antes guardaron mermelada de melocotón, se anidan ficciones y margaritas y varas de eucalipto. En el ambiente hay un toque neoyorquino que salta del día a la noche entre los bolsillos de los que allí buscan un trago, una fractura en el tiempo, una salida you should be stronger than me. Él tiene miedo de que su corazón destile un aroma a flores. Ella siente “una punzada, como las de amor, en el estómago”. Están juntos en una ciudad que no les pertenece. Son dos sombras que murmuran palabras al azar debajo de un techo sin estrellas. Palabras de revolución, muerte, música. Él habla. Ella lo escucha en silencio you should be stronger than me. Ella siente muchas cosas, felicidad sobre todo. Felicidad por él, por lo que fue y por lo que es, por las conversaciones juntos, por los silencios, por las caminadas, por las miradas, por los besos, “por nosotros”, piensa. Él siente que está en el aire. Y desde el aire llama al mesero y pide un té, el último. Ella pide una cerveza, bien fría. Son dos sombras que sollozan en la inmensa noche. Son dos rostros difusos en la mesa de un bar. Ella son dos manos que construyen barquitos de papel: uno con el sobre del té. Él es una cabeza que asiente cuando ella pregunta, mientras sostiene la figura de origami, “¿Puedo echarlo a navegar en tu taza?”

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Un lugar sólo se entrega
a quien se haya sentido solo en él.
Una ciudad, un bosque o la nada.
 
Tal vez ocurra lo mismo
con todas las cosas
y sea necesario haberse sentido solo en algo
para poder contenerlo.
 
La soledad previa a lo que se ama
es la unica condición imprescindible,
la unica premisa válida para el amor.
 
Roberto Juarroz. Poesía vertical II.