No sé escribir poesía

6 meses de dolor

¿Cuánto tiempo más voy a seguir sintiendo que me falta la vida que te llevaste?
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Periodismo

Hombres rebeldes

Nombre: Mauricio Pineda
Esposa: Paola Santos
Hijos: Sebastián e Isabela
Edad: 45 años
Profesión: Administrador de empresas
Actividad: Amo de casa

—Mauricio, hola, me llamaste pero no te alcancé a contestar, ¿pasa algo?
—Nátaly, te quería decir que en mi casa las cosas funcionan bajo un mandamiento universal: el amor. El amor y el diálogo. El amor y el no enfrascarnos en los problemas. El amor y el seguir adelante. El amor y la búsqueda de la felicidad.

No hacía nada habíamos colgado una llamada de 54 minutos donde hablábamos de sus estudios, de sus padres, de sus hijos, de sus negocios, de su deporte, de su matrimonio, de su rol de amo de casa y sin embargo Mauricio tuvo la necesidad de llamarme para decirme que la clave de todo, fue y es el amor, tuvo la necesidad de confirmarme eso que yo ya había percibido mientras me llevaba por su historia, mientras hacía un alto para respirar primero y para suspirar después, mientras se le escapaba esa risa invasiva cada vez que yo le preguntaba por las personas a las que adora: Paola. Paola y Sebastián e Isabel. La esposa, el hijo, la hija, o, el hijo y las señoras de la casa, como los llamaba mientras me iba contando.

Mientras me iba contando, por ejemplo, que Paola y él se conocieron a los 12 años, que se hicieron novios por la época de la universidad, que en ese entonces la relación duró un año y que mucho, mucho (en serio mucho) más tarde, “porque las cosas de Dios son perfectas”, me dijo, se volvieron a encontrar: “Un día iba para Andrés Carne de Res, la llamé, la invité, nos vimos esa vez, luego conocí a Sebastián y me la llevé muy bien con él que era algo fundamental para mí y para la relación, las cosas se pusieron serias y un día en una reunión entre amigos, entre chiste y chanza, elegimos el día del matrimonio: 15 de marzo. De eso hace ya 4 años”.

Ahí empezó todo. En el matrimonio. Pero no terminó. Cuando cumplían 9 meses de casados, el 15 de diciembre, nació Isabela. Sí, ya no eran solo 3, eran 4. Durante esos días de sol y lluvia Paola era la gerente de recursos humanos para el área Andina de Emerson Electric Power, ¿y él?, él ocupaba su tiempo en una empresa que surgió en sus manos y en las manos de un socio pero que en ese momento por circunstancias de la vida era solo suya, lo que de por sí, ya significaba cosas, una de ellas, que él era quien tenía flexibilidad en sus horarios y por eso justamente lo concerniente al funcionamiento de la casa, los roles y las rutinas, se empezó a encaminar solo: “Siempre he trabajado por todas mis cosas y precisamente hablando de ese tema con Paola, dijimos: ‘bueno, necesitamos a una persona que se quede en la casa, es usted o soy yo’, y decidimos que era yo, me quedé y ya no le dimos más vueltas a ese tema. Como lógica consecuente mis ingresos se redujeron pero somos un equipo, nos apoyamos mutuamente como esposos, mientras ella trabaja yo estoy pendiente de que funcione la casa: que haya mercado, que esto esté limpio, que los hijos estén bien, que cumplan con sus obligaciones escolares… tal cual funcionaban las familias de antes pero invertido”.

Literal como las familias de antes, o como las familias de ahora, o como las de siempre. Como las familias que se levantan un martes cualquiera a las 5 de la madrugada para comenzar el día, es decir, como la de ellos: Mauricio se levanta a llevar primero a su hijo hasta el sitio donde lo recoge la ruta del colegio y posterior es quien organiza todo para que mamá e hija se vayan, la primera a la empresa (hoy está en SAP) y la segunda al jardín. Ya sin obligaciones se va él a hacer sus cosas (es decir, seguir adelante con su negocio de iluminación) hasta las 12 del medio día, que es la hora en que Isabela termina su jornada estudiantil, y ya la tarde entera se le va entre almuerzo, tareas, y quehaceres. A las 6 llega Paola, cenan todos juntos, Mauricio sale a jugar squash y como a su regreso por lo regular los niños están dormidos, Paola y él esperan el miércoles bajo un cielo azul oscuro. Una rutina que varía dependiendo de muchos factores, pero que en esencia permanece. Por eso me animé a preguntar: ¿Cuáles han sido las claves para sacar adelante su familia?, y lo pregunté ansiosa, como quien está muy seguro de que la monotonía es un animal hambriento y furioso. Mauricio me respondió: “Dejar los estigmas y lo que dice y piensa la gente a un lado, el ‘Ay, es que su esposa lo mantiene’, pues sí, puede ser que mi esposa me mantiene pero yo estoy cumpliendo mi rol, me estoy encargando todos los días de estos dos personajes maravillosos para que ella sea una muy exitosa profesional, lo que menos quiero es llegar a cortarle las alas porque ‘tiene que encargarse del hogar’, lo que buscamos nosotros es la felicidad y ésta ha sido nuestra forma de encontrarla: tenemos un hogar bonito, tranquilo, unido, muy unido y organizado”. Mentiría si no les digo que con esa respuesta se me hizo una sonrisa tonta en la cara, y aún así, Mauricio sintió la necesidad de volver a llamar para decirme que la clave de todo, ha sido el amor.

***

No sé quién es Guillermo Beltrán. Y no lo sé aunque me vaya a dedicar las siguientes 700 palabras a hablarles de él, o aunque vaya a hacer una reconstrucción de su historia en primera persona (no tengo idea cómo se me van a escapar las palabras). No lo sé aunque su voz me haya atrapado una hora y poco más en el teléfono, aunque el indicador de grabación me hubiese distraído cada vez que pronunciaba sus detalles en un tono más alto o más bajo del habitual, aunque me haya hecho reír y me haya hecho encoger el corazón al mismo tiempo, aunque su nombre me haya parecido muy sonoro desde que lo pronuncié. No. No sé quién es Guillermo Beltrán aunque piense que su historia merece ser guardada en el costado izquierdo del corazón.

Aquí voy.

Me llamo Guillermo Beltrán, tengo 62 años y una compañera de viaje, Marta Ocaña, con la que me casé a los 33, pero a la que había conocido años atrás mientras estudiábamos Contaduría Pública. Celebramos 3 aniversarios de novios aunque yo siento que esa etiqueta no se ha ido nunca de nosotros. Todavía la considero mi novia. Decidimos casarnos a pesar de que ella provenía de una familia mas acomodada que la mía, porque sí, porque yo vengo de una familia muy humilde, de un barrio popular, de un hogar de siete hombres y una mujer donde al ser tan numerosos, todos desempeñábamos los oficios de la casa: lavar, cocinar, encerar, en fin. A los 5 años de casados, tuvimos nuestro primer hijo: Helman. El alumbramiento coincido con que yo estaba incapacitado por una de las tantas cirugías que me han practicado a lo largo de mis días, y con que mi señora tenía un muy buen puesto, así que me dediqué a cuidarlos a ambos. Me gustaba bañarlo con hierbas y cambiarle los pañales, hasta que mi esposa empezó a trabajar y las rutinas cambiaron un poco: la llevaba a ella a la empresa y al bebé al jardín, ¿y yo? Hacía auditorias, trabajaba medio tiempo. Cuando Helman cumplió 5 años, nació Ginna, y como es de esperarse, con dos niños, y con la opción nula de dejarlos en manos de terceros, el destino me fue llevando a dedicarme más a ellos. 2 años después llegó nuestro tercer y último hijo: Andrés Felipe.

Ya con 3 niños para cuidar y por algunas situaciones graves con mi salud, lo laboral se me empezó a resquebrajar mientras la familiar se iba afianzando y se iba construyendo con unos lazos inquebrantables: si la existencia no me sonrío con el éxito profesional, sí lo hizo con mi esposa y con mis hijos. Así que los calendarios se empezaron a consumir entre despertarlos, darles de comer, ponerles baberos, limpiarles pañales, hacer tareas con ellos, llevar y recoger a la señora en el trabajo, llevar y traer a los niños al colegio o al jardín, limpiar la casa, llevarlos a citas médicas o a que lo vacunaran, al museo, hacer más tareas… ¿Saben?, ahora que soy consciente del paso de las horas, me veo ya tan lejano y esos recuerdos que aún conservo nítidos en la memoria me parecen tan bonitos, y yo, que fui siempre un hogareño, que nunca gusté de tener amistades, digo: Ah, qué afortunado fui de haber sido el fiel encargado de mi casa.

Tuvimos cierta comodidad, no lujos, comodidad para sacar a los hijos adelante y que pudieran hacer lo que les gustara, pues siempre fuimos del criterio de que si uno es un barrendero, qué sea el mejor si es lo que le gusta, y que antes de ser excelentes profesionales, había que ser excelentes seres humanos. Lo logramos, y para lograrlo, uno de los grandes secretos fue haber tenido siempre un solo bolsillo, aquí no hubo nunca dos bolsillos, no, había un bolsillo de lo que Marta ganaba y de lo poco que yo apartaba o de lo que nunca aportaba, porque la plata siempre fue para un objetivo común, no propio. Así fue y así sigue siendo: todo compartido… digo “sigue siendo” porque esto no se acaba, porque esto sigue hasta viejitos, hasta que uno se vaya, porque si uno no puede estar ahí apoyando económicamente entonces sí puede estar apoyando con las labores del hogar, con su rol de esposo y de mamá.

Y con ese rol mío nos importaba un pito lo que pensara la gente, además nosotros nunca lo vimos como algo negativo: yo no era un recostado, yo no era un pelele, yo no era un vividor, yo era un formador de personas. Muchos de los compañeros con los que estudié son muy exitosos y no todos ejercen lo que estudiaron, se fueron por otras ramas, entonces, ¿por qué el ser papá no puede ser otra rama? Claro, porque no da plata. No da plata pero nos dio cosas más importantes, como que el día de mañana o el de hoy o el de siempre estén los hijos con nosotros sin importar los errores que cometimos en el proceso, nos dio haber tenido y tener un hogar estable, haber caminado todos para el mismo lado, nos dio haber construido una relación amorosa muy bella que espero dure hasta que me muera, nos dio ver a los hijos crecer, ver que hacen lo que les gusta, que en últimas, fue nuestro objetivo más puro. Yo no me arrepiento de haber sido amo de casa. Mi esposa tampoco.

Publicado en la revista Cromos.

 

Periodismo

Vacunas sí, vacunas no

Como en la caricatura de Quino, Carolina y Emily se graduaron el mismo día: el 4 de enero. Caro, como le decimos todos, ya estaba lista. Estaba gordita ansiosa y asustada, claro, pero también estaba con dos florecitas invisibles en los ojos y con una sonrisa que no se le caía nunca del rostro. Así la pensábamos siempre los que estábamos del otro lado del universo durmiendo felices boca abajo todas las noches, los que nada de antojos, nada de citas médicas, nada de controles prenatales, nada de, ¿cómo es que se llaman? Las vacunas. Nosotros, los que no sabemos cómo es eso de que te crezca un niño adentro, los mismos que lo único que sabemos de maternidad lo aprendimos en la finca de los abuelos hace rato cuando les ayudábamos a los pollitos a romper el cascarón para que no se ahogaran. Pero ahora era distinto porque el cascarón en el que venía Emily no se podía romper, entonces los que estaban más cerca se conformaban con ponerle la mano en la panza a la mamá para que la bebita pateara y así estar seguros de que el mundo entero era muy hermoso. Y ya: todo lo que supe del embarazo de Caro fue esto que les acabo de contar sumado a ver las caras de emoción de la familia de ambas y soñar con que Emily los dejara verla sonreír en esos trocitos de papel que llaman ecografía; saberla a Caro parecer una luna creciente; y después imaginar a los abuelos y a los papás muy emocionados ese 4 de enero, por las recién graduadas: la mamá, la hija. Desde ese momento Emily dejó de ser una panza y empezó a ser una niña a la que veo cada 3 o 4 días en los estados de WhatsApp. Pero visto así, de este lado de mi mundo, las cosas se me hicieron muy fáciles y muy color de rosa. Lo complicado me pareció cuando empecé a darme cuenta que a los nenes no se les cría únicamente con mimos y con leche materna. Por ejemplo, hace unos días llamé a Caro para preguntarle si se había puesto la vacuna contra la tos ferina –se lo pregunté porque debía escribir un artículo sobre algo que, hasta ese momento y a decir verdad, no estaba en mis puntos focales–. Y ella, hablando hasta por los codos, me dio una clase de medicina pediátrica en cinco minutos –sí, sé qué es una exageración decir que me dio una clase de medicina pediátrica–: me contó que se había puesto la vacuna contra la tos ferina y y la de la influenza y la DPTa, y me explicó que esas vacunas se las ponen las mamás con el fin de que en su organismo se generen anticuerpos que pasen a través de la placenta al feto y así se genere una protección en el bebé. Me contó que una vacuna “es una sustancia que se administra a una persona para estimular la producción de defensas (inmunidad) contra un germen determinado sin los peligros que supone la infección natural, esas vacunas contienen partes del germen o sustancias similares que ha sido tratadas para que estimulen la inmunidad sin producir la enfermedad. Por eso es tan importante vacunar a nuestros bebés: porque vacunándolos se evita que se contagien de enfermedades que tienen efectos irreversibles y perjudiciales para la salud, y se disminuyen las tazas de mortalidad”. Además de eso me mandó pantallazos de una aplicación en la que le explican paso a paso todo el proceso de desarrollo y crecimiento de su hija, me mandó todas las fotos del carnet de vacunación de Emily, me explicó cuáles son los efectos secundarios (fiebre, malestar, hinchazón) de las vacunas e incluso cómo se manifiestan las enfermedades, me explicó cómo es el proceso diario para monitorear que Emily esté bien de salud (tomar la temperatura, ver que el color de la piel esté normal, etcétera) y cuándo le pregunté por qué sabía tanto sobre vacunas y posibles enfermedades me respondió muy seria: “Son varias cosas. Lo que te dice la pediatra, lo que te explican las enfermeras, lo que aprendes en los cursos prenatales, y lo que lees, yo leo mucho, libros, busco en internet y así, ¿por qué? Porque no me gusta quedarme con un solo punto de vista”. Me quedé en silencio y me devolví en los temas: Ahora me contabas que te aplicaste la vacuna de la tos ferina, pero, te explicaron qué era, por qué debías ponértela. Sííí. Obvio. Me explicaron todo. Mira, la tos ferina es una enfermedad respiratoria que parece un simple refriado: al principio empiezas a ver a la bebé con tosecita y secreción nasal, y luego sucede que la tos permanece intacta por varias semanas e incluso la bebé puede empezar a  tener fiebre y a vomitar por la irritación en la garganta. Me explicaron que se contagia por vía respiratoria, por las gotitas respiratorias exhaladas al respirar y hablar y por el contacto por las manos; y que aunque es muy molesta en los adultos le va peor a los niños porque para ellos puede ser una enfermedad tan peligrosa que llega, en ocasiones, a provocarles insuficiencia respiratoria y cianosis, que es cuando la piel por falta de oxígeno se empieza a poner azul. Entonces pues, ¿por qué debía ponérsela? Porque de lo contrario la vida de la bebé estaría en riesgo. Vale, y, ¿te dijeron que solo tú debías ponértela? No. No me dijeron que debía ponérmela yo, me exigieron que el entorno cercano en el que la bebé se iba a mover debía ponérsela. Se la puso mi esposo y los abuelos de la nena. ¿Y te dieron indicaciones para las demás personas que fueran a visitarlas respecto a esa vacuna? Emm, sí: primero que ninguna persona con síntomas de una enfermedad respiratoria diferente a nosotros (mamá, papá, cuidadores principales de la bebé) debía estar en contacto con Emily. Segundo, que si al menos uno de nosotros tenía una infección respiratoria debía usar tapabocas todo el tiempo y debía estarse lavando las manos constantemente. Y tercero, que en general si cualquiera quería cargarla y estaba bien de salud pero no tenía la vacuna, debía también lavarse las manos a menudo, y por último, que todo ese protocolo, digamos, se debía seguir hasta que le aplicáramos la vacuna a la bebé, es decir, a los 2 meses de nacida. Nosotros se la aplicamos el 5 de marzo. Ya, te pregunto todo esto porque estuve halando con otra amiga, Xiomara, que acaba de tener una bebita hace un mes y cuando le pregunté por este rollo de la tos ferina me comentó que no había tenido instrucciones, pues, que no le explicaron todo de lo que tú me cuentas y bueno, me pareció curiosa por qué la brecha entre la comunidad médica. Silencio. Después le pregunté si había escuchado que algunas vacunas producían autismo pero Caro me respondió de inmediato que eso era un mito. ¿Sí? Le pregunté otra vez. Sí. ¿Cómo lo sabes? En los cursos prenatales nos concientizan mucho a las mamás sobre el tema de la vacunación. Me imagino, es que según estuve leyendo antes de llamarte, los mitos me parecieron LA enfermedad crónica de las vacunas. Y las dos nos reímos, nos despedimos y colgamos el teléfono. Después encontré a dos personas que me ayudaron a resolver las dudas: a Luisa Santander Peláez, pediatra del Hospital Pablo Tobón Uribe y a Carolina Arenas Ruiz, pediatra de Salud Sura, ambas docentes de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad CES. Lo primero que les pregunté  fue: ¿Por qué hay tantos mitos frente al tema de la vacunación? Y ellas me contaron que: “Existen movimientos anti-vacunas que consideran que las infecciones para las cuales protegen las vacunas no son tan peligrosas, hay otros que dudan de la verdadera protección que éstas pueden producir y otros que consideran son peores los efectos adversos que el mismo beneficio, pero la verdad es que son más los beneficios que se obtienen al llevar un esquema de vacunación completo, que los efectos adversos. Muchas de las críticas están basadas en una cultura del miedo y de desinformación y lastimosamente solo cuando esas posiciones equivocadas empiezan a cobrar la vida de cientos de niños es que muchos papás cambian de pensamiento”. Después lo que hicieron las médicas pediatras fue explicarme por qué cada uno de los mitos que le escuché a mamás o que encontré navegando en la web o en los informes de la OMS, son falsos:

No tengo que cuidar a mi bebé de la tos ferina porque es una enfermedad que erradicaron hace tiempo y toda la paranoia que hay ahora por la vacunación en contra de esta enfermedad es simple moda o negocio. Falso. No es que la enfermedad haya desaparecido, es que las altas tasas de vacunación la habían controlado, sin embargo desde hace un par de años reaparecieron brotes epidémicos: en el 2015 la OMS emitió un comunicado en el que indicaba que la tos ferina era una “importante causa de mortalidad infantil en todo el mundo, y continúa siendo un importante problema de salud pública incluso en los países con una alta tasa de vacunación”, y el comunicado venía acompañado de datos de Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades: “En 2013, la tosferina mató a 63.000 niños menores de cinco años en todo el mundo”. Sin embargo, en el 2016, el periódico español ABC, publicó un nuevo panorama, una página completa a cerca de la enfermedad donde se concluía que: “a escala global, la tos ferina afecta cada año a más de 40 millones de personas, con una mortandad estimada en más de 300.000, que por lo regular son neonatos”. En Colombia el panorama no es muy alentador: en septiembre de 2016, el Instituto Nacional de Salud, emitió un boletín epidemiológico en el que confirmaba que hasta ese momento, en lo corrido del año, se notificaron 369 casos de tosferina en el país, de los cuales el 79,9 % se presentaron en menores de un año, el informe incluía, además, el dato de 10 muertes por la misma causa. Ahora, ¿por qué hay que seguir un protocolo tan estricto en el cuidado de los niños contra la tos ferina? Porque la vacuna en general no posee una protección inmunológica muy prolongada, lo que quiere decir que los adolescentes y adultos aun habiendo sido vacunados en su niñez tienen una alto riesgo de infección y por ende de transmisión de la enfermedad a los más pequeños. Para este grupo poblacional este tipo de infecciones puede no implicar las mismas complicaciones o eventos adversos graves como sí lo implica para el recién nacido o el niño en sus primeros meses de vida. Lo anterior  sugiere que el entorno cercano de estos niños este vacunado para prevenir la transmisión de la enfermedad y con ello disminuir las tasas de hospitalización, el ingreso a unidades de cuidados intensivos y la mortalidad asociadas a la tosferina, esto se conoce como plan capullo.

La vacunación no es necesaria si tengo las mejores condiciones de higiene. Falso. Aunque es cierto que la buena higiene ayuda a controlar ciertos tipos de infecciones, si no mantenemos al día el carnet de vacunación las enfermedades volverán a resurgir y propagarse. Por eso en algunos países al caer las tasas de vacunación reaparecen enfermedades como el sarampión, la tosferina y la difteria.

Las vacunas conllevan efectos secundarios nocivos y de largo plazo que aún no se conocen. Falso. A las vacunas, antes de ser aplicadas, se les realizan estudios científicos para la evaluación de su seguridad y de sus efectos secundarios, los cuales son: inflamación en el sitio de la vacuna, fiebre y malestar, es decir, de ningún modo son efectos perjudiciales para la salud de los pacientes.

La vacuna combinada contra la difteria, el tétanos y la tosferina, así como la vacuna antipoliomielítica, pueden provocar el síndrome de muerte súbita de mi bebé (SMSL). Falso. No se ha demostrado una relación causal entre estas vacunas con la muerte súbita del lactante. Lo que sucede es que esas vacunas se administran a una edad donde esos eventos tienen la más alta frecuencia de aparición. La verdad es que el SMSL se presenta con o sin vacunación, y que si dejamos de vacunar a los niños de 2 a 4 meses corren el riesgo de contraer enfermedades que les cause la muerte o una discapacidad severa.

No hay motivos para que vacune a mi bebé porque las enfermedades prevenibles mediante vacunación están erradicadas en nuestro país. Falso. No es que las enfermedades prevenibles mediante vacunación hayan desaparecido, es que tienen pocas posibilidades de manifestarse gracias a las altas tasas de vacunación que se tienen en la actualidad, por eso cuando las tasas de vacunación bajan vuelven a aparecer, pues esos agentes infecciosos siguen circulando en todo el mundo. Entre más personas vacunadas hayan menor es el riesgo de encontrar la enfermedad.

Las enfermedades de la infancia prevenibles mediante vacunación son algo inevitable en la vida. Falso. Las enfermedades para las cuales se aplica la vacunación pueden ser prevenibles cuando realizamos una vacunación adecuada, con ellas podemos  evitar complicaciones importantes como neumonía, infecciones en los oídos, meningitis, alteraciones en la movilidad, infección congénita por rubéola, e incluso, la muerte.

La administración simultánea de más de una vacuna puede aumentar en mi bebé el riesgo de efectos secundarios nocivos, que a su vez pueden sobrecargar su sistema inmunitario. Falso. Los niños están expuestos a múltiples agentes extraños diariamente, más de los que contiene una vacuna. Por fortuna, nuestro sistema inmune está preparado para reconocer y combatir una cantidad y diversidad casi ilimitada de antígenos (fragmentos de proteínas derivadas de cualquier organismo capaces de inducir una respuesta inmune).

La gripaes solo una molestia y la vacuna no es muy eficaz. Falso. La vacuna no es solo para la gripa, también es para generar defensas contra el virus de la influenza (causante de millones de muertes anuales en todo el mundo). Las personas más susceptibles son los niños, las embarazadas y pacientes que sufran enfermedades cardiacas o pulmonares.

 Es mejor que mi bebé se vuelva inmune por la enfermedad que por las vacunas. Falso. Las vacunas son mejores que tener la enfermedad porque éstas ayudan a desarrollar la respuesta inmune sin producir las consecuencias que sí supone la infección natural: discapacidad a largo plazo, hospitalizaciones prolongadas, e incluso, la muerte.

No voy a vacunar a mi bebé porque las vacunas contienen mercurio, que es peligroso. Falso. El timerosal es un conservante utilizado para evitar la contaminación por bacterias u hongos que podrían ser letales y cuyo producto metabólico no es el metil-mercurio (como claman los anti-vacuna) sino el etil-mercurio, que es menos tóxico y se elimina más rápidamente (unos 7 días).  Desde el 2001, la gran mayoría de las vacunas recomendadas ya no contienen timerosal, o contienen sólo trazas del mismo. Sólo la vacuna de la influenza contiene más que trazas y, aun así, comernos una lata (180g) de atún blanco nos expone a mayores concentraciones de mercurio en la sangre (unos 69 mcg) que una sola dosis de vacuna de influenza (25 mcg máximo).

 Las vacunas podrían causar autismo a mi bebé. Falso. Un estudio publicado hace varios años planteó un posible vínculo de la vacuna del sarampión, parotiditis y rubéola con el autismo, pero el estudio tenía problemas metodológicos graves, y la revista que lo publicó se vio obligada a retirar el artículo de sus páginas, por un lado, y a ofrecer disculpas públicas por el otro. Sin embargo muchas personas se quedaron con esa idea. No existen pruebas científicas que demuestren una relación entre esas vacunas y el autismo.

Existen lotes de vacunas defectuosos. Falso. La existencia de un informe de incidente adverso tras la vacunación no implica que el acontecimiento haya sido causado por la vacuna.  Aunque es sabido que las vacunas pueden ocasionar efectos secundarios menores y temporales, como dolor o fiebre, existen muy pocas pruebas que vinculen la vacunación con problemas de salud permanentes o con fallecimientos, pues se hace una vigilancia muy exhaustiva de la fabricación y distribución de las vacunas y hay entidades que están atentas a los eventos adversos para ser reportados.

 La leche materna le da a mi bebé la protección que necesita sin necesidad de las vacunas. Falso. La lactancia materna provee una cantidad de factores específicos como las inmunoglobulinas y demás que la hacen una fuente primordial de defensa contra infecciones, aun así, con todas sus cualidades y beneficios, no reemplaza el uso de las vacunas.

Ahora que sé que es importante que estemos vacunados y que vacunemos a los niños que vayan llegando, me di cuenta por qué fuimos tan sanos en casa –gracias mami, por vacunarme aunque te hiciera berrinche y te pidiera que no lo hicieras–, y se me queda una duda en la cabeza: por qué a la gente le encanta ponerle 5 patas al gato cuando solo tiene 4, por ejemplo, con esta práctica de crianza, según la Organización Mundial del Trabajo, se evitan entre 2 y 3 millones de muertes al año. Es lógica estadística y no cultura del miedo que “gracias a la intensificación de las campañas de vacunación, se redujo la mortalidad mundial por sarampión en un 74% y la incidencia de poliomielitis en un 99%. En fin.

Para la revista Cromos.

Citas

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo. 
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela. 
Pero vela con él. 
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco, poeta argentina.

Citas

El rastro

Llevo en mis oídos la más espantosa música: los dedos de la señorita Z. aporreando un piano destemplado —las uñas pintadas de un rojo desfalleciente, la nariz afilada y punzante—, en una sala gris como el llanto del Conservatorio Municipal de la ciudad donde nací, y yo a su lado sosteniendo el libro de solfeo de Pozzoli, las tapas revestidas con papel azul, cantando en clave de sol y de fa con una voz arqueada, acurrucada en la garganta como un animal que se niega a salir de su refugio. Mi voz retenida, desafinada, destemplada, que sólo sirve para cantar brutalmente rock en los estadios porque se camufla con la de 50.000 personas más. Mi madre, sin embargo, cantaba muy bien. No lo hacía a menudo. Sólo a veces, mientras lavaba la ropa, o cuando íbamos a hacer compras en el auto, o cuando salíamos de vacaciones. Cantaba con una voz limpia, satinada y heroica. Una voz ambarina, desnuda, severa, enorme, un canto como un trozo de hueso. Ese canto se murió con ella y no tengo ningún registro de cómo fue, salvo el de mi memoria. Este domingo me desperté rara. Mansa. Los pensamientos no colgaban dentro mi cabeza como reses de ganchos flojos. Estaba prolija, compacta, bien encajada en mí. Hacía tostadas y té para el desayuno cuando empecé a cantar una vieja canción gitana. Con una voz que me salía de los hombros y el cuello y los tendones. Una voz templada y rigurosa. Una voz que era como echar baldazos de agua limpia sobre las plantas. Como patinar sobre hielo. Como pulir un piso de madera. Una voz virtuosa y perfecta que salía de mí como si fuera el rastro de un cuerpo. Canté y canté. Siempre la misma canción. Siempre las mismas estrofas ardientes. Con la voz de mi madre. Y después callé, espantada por la monstruosidad que había cometido.

Leila Guerriero en su columna de El País.