Periodismo

El poder de dar amor

—Mamá, mi nombre es Diana y estoy aquí para servirte. ¿Quieres que te acompañe?

Muchas respuestas han sido “Sí”. Todas, a decir verdad. ¿Cuántas? No recuerda el número exacto. ¿Cuántas? Y Diana abre y mira sus manos como para ponerle a sus dedos rostros y bebés y anécdotas: “No. No sé. Han sido tantas”, responde al final, con la semblanza de cara a un sol ausente, como complacida e inquieta al mismo tiempo, como recordando el “Sí” de uno de los partos a los que asistió en el Hospital de Girardota:

La mujer había roto fuente y estaba desesperada y sus gritos se escuchaban desde los pasillos. Por eso llamaron a Diana. Apenas se vieron hubo de inmediato una empatía entre ellas, una suerte de complicidad. No hubo más gritos, no desespero, no impaciencia. Diana empieza a hablar con ella, a ser su apoyo hasta que la mamá hace un alto y le dice, señalando su intimidad: “Siento algo acá… creo que es el bebé”. Diana llama a la encargada y la tensión del ambiente se vuelve a disparar con la histeria que arrastra la enfermera desde su cubículo hasta la habitación. Entonces, aunque en el mismo espacio esté la agitación de ese voz brusca que intenta ser autoridad, Diana no deja de verse nunca en los ojos de esa otra mujer que está ahí y que la necesita, la necesita para que le ayude a encontrar el sosiego que el alumbramiento amerita, la placidez. La dulzura. Y la voz sigue, brusca, mandona: “Acueste así. No haga eso. Quédese quieta”. Silencio. Regaños. La voz sigue sin darse cuenta que todo lo que sistematiza no es nada diferente a instrucciones nulas para alguien que no por rebeldía, sino  por instinto, ha decidido permanecer sentada. Diana interrumpe las órdenes de la enfermera: “Pero revísela”, la apura, cuando debajo de la bata la cabecita del bebé ya está afuera. Y sin embargo, no es tarde para que todo salga bien: a esa mamá no alcanzaron a ponerle ningún tipo de medicamento, a llevarla al quirófano para terminar de dilatarle la vagina con el tacto del médico de turno (que es lo habitual en hospitales y clínicas). Esa mamá en específico estaba tan concentrada en su cuerpo, en su poder y su capacidad de dar a luz que ella solita empezó a respirar al ritmo de la rotación del bebé, del nacimiento del bebé, mientras los médico apenas empezaban a ponerse los guantes afuera de la sala.

—Mamá, mi nombre es Diana y estoy aquí para servirte.

Lo primero es presentarse, preguntar: “Si ella —la mamá, cualquiera que sea— me da el aval, puedo empezar a trabajar, porque la base de este oficio es el respeto”, explica Diana con los ojos llenos de ilusión por haber pronunciado esa palabra tan sencilla: “oficio”, y más tarde, otra: “vocación”, pero, ¿quién es Diana?, ¿qué hace?, ¿por qué hablamos de ella y no de otra?

***

Nombre: Diana Criollo. Edad: 30 años. Nacionalidad: Ecuatoriana. País de residencia: Colombia. Estado civil: Casada. Hijos: Martín y Victoria. Oficio: Doula. De oficio y vocación: doula.

Doula. ¿Qué es? ¿Qué significa serlo? ¿A qué suena esa palabra, a qué sabe, qué colores tiene? El término es antiquísimo y según sus raíces, hacía referencia a la mujer que dedicaba su vida a servir a otras mujeres. Más o menos. Hoy se concibe en la misma línea: “Las doulas somos mujeres que acompañamos a otras en sus etapas de maternidad, ya sea en la preconcepción, el preparto, el parto, el postparto, la lactancia, la crianza e incluso la pérdida o el duelo, o en todo el proceso como tal. Yo por ejemplo me he especializado en parto y lactancia. Nuestro trabajo es brindarle a la mamá un confort físico, emocional, y espiritual; es escucharla; es darle la seguridad del estado en el que se encuentra y concientizarla de él; es enseñarle a creer en su cuerpo, a creer en lo que ella es; es empoderarla desde una consigna muy simple: Tú eres capaz de dar a luz. Punto. Nuestro trabajo no es sacar del camino a la familia y tomar el protagonismo, no. Nuestro trabajo es preparar también al papá, ¿cómo? Enseñándole qué hacer en caso de que pueda estar con su esposa en el momento del parto —algo muy poco probable en los quirófanos colombianos: en el mundo moderno tus capacidades te pueden ayudar, pero no el acompañamiento de los tuyos—: Papá, ¿Qué vas a hacer cuando ella empiece a enojarse, a gritar, a sentirse descontrolada? La vas a abrazar, las vas a besar porque tú eres un generador de oxitocina (que es la hormona del amor y la que hace que el útero empiece a contraerse), le vas a hacer sentir que tú eres parte de ese proceso para que ella esté más tranquila, más dichosa. ¿Por qué es importante esto? Porque el niño nace siendo consciente del amor”, explica Diana.

Pero nacer siendo consciente del amor es algo que hoy en día ha cambiado desde (casi) todas las perspectivas: por un lado la maternidad se ha desvalorizado y se ha vuelto más superficial y por otro las experiencias en muchos casos son traumáticas para la madre: “En ese momento sentía dolor, frío, cansancio, estaba sola en el quirófano, me pusieron medicamentos que no quería. Mi parto fue un miedito”, me cuenta Lucía, mamá de una bebita que cada que puede se da vuelta para sonreírme.

Y es que los puntos de vista han cambiado en todos los sentidos y en todos los roles de la sociedad, incluso en este: ya no se habla de los partos naturales en los cuales se deja que el cuerpo llegue a la cúspide del proceso del parto sin la necesidad de inyectarle a la madre los medicamentos que normalmente se aplican en las instituciones de salud: raquídea o epidural, oxitocina; o de los  partos humanizados en los que no se trata a la mamá como una enferma, sino como a una mujer que está viviendo un proceso natural de parto, por lo cual hay que hacerla sentir bien, rodeada de las personas queridas, dejar que el niño llegué al mundo en un estado de amor, como antes, como nacían nuestras abuelas, sí, en casa.

No es que las doulas estén ahí para obligar o incitar a la madre a que opte por alguna de estas dos alternativas (existen muchas otras), el papel de ellas es, según Diana, “enseñarle, compartirle todas las alternativas posibles durante el proceso, darle las herramientas para que ella decida cuál es la forma que más se adapta a sus perspectivas y a sus deseos, apoyarla en su plan de parto, es decirle: esto no es recomendable, esto es lo que tú quieres, debes tener en cuenta tal cosa, estos medicamentos tienen estos efectos”. Su papel no es el de juez. Tampoco son parteras, obstetras, ginecólogas, enfermeras, médicas, es decir, no hacen diagnósticos ni proponen tratamientos, no hacen tactos ni asisten partos solas. Las doulas solo apoyan y enseñan a sobrellevar las circunstancias para que cada nacimiento suceda de la manera más bella.

***

En Colombia el tema es un poco desconocido. Prácticamente no hay organizaciones que las reúna, por lo que no se tiene datos certeros sobre la cantidad de mujeres que se dedican a este oficio; y que las regule: las mujeres que quieren acreditarse deben esperar, como Diana, alguna de las dos visitas que hace anualmente Doula Caribe Internacional, una organización asentada en Puerto Rico, que se encarga de la difusión y certificación de los cursos de Nacimiento y Puerperio; o hacer voluntariado (en hospitales, como fue su caso), o estudiar por su propia cuenta, lo cuál es la gran espoleta de la discusión que se ha generado entorno a ellas en Colombia y en general en América y Europa: la falta de estudios especializados las reduce a simples mujeres que ayudan a otras a tener una mejor vivencia espiritual de lo que es, quizá, uno de los momentos más bonitos de su vida, y por lo tanto no es importante, y por lo tanto no tienen el aval para estar dentro de las salas de parto, no hay ninguna ley que respalde a las madres colombianas, ninguna que diga: “mira, como mamá, tienes derecho de elegir en qué escenario, en qué ambiente traes a tus hijos al mundo”. No hay ninguna institución que se tome en serio cualquiera de los estudios que han hecho entidades al margen sobre el tema, cualquiera, porque los resultados son muy similares en todos, como en el estudio que hizo la red internacional The Cochrane Collaboration, titulado Apoyo continuo para las mujeres durante el parto, donde se revela que las pacientes que contaron con este tipo de ayuda (acompañamiento de doulas) tuvieron labores de parto un poco más cortas, fue más común que tuvieran un alumbramiento vaginal (que es lo ideal), requirieron de menos analgésicos y, en general, se sintieron más satisfechas con su experiencia.

Publicado en Cromos.

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Los gatos de Copenhague

Ay! No te puedo enviar un gato de Copenhague
porque no hay gatos en Copenhague.
 
*
 
Hay montones & montones de pescados
y bicicletas pero
no hay gatos.
 
*
 
Tampoco hay policías.
 
*
 
Todos los
policías
Daneses
pasan
el día
en su casa
en cama.
 
*
 
Fumando grandes cigarros daneses
y bebiendo suero de mantequilla
todo el día.
 
*
 
Hay montones y montones de muchachos jóvenes
vestidos de rojo en bicicletas
yendo todo el día
con telegramas
y cartas
y postales.
 
*
 
Todas para los policías
de mujeres mayores que quieren cruzar el camino
y de muchachos que escriben a casa
para más dulces
 
*
 
y muchachas que quieren saber
algo acerca de la luna.
 
*
 
Los policías las leen todas en la cama,
fumando todo el tiempo
y bebiendo suero de mantequilla.
 
*
 
Después dan sus órdenes
y los muchachos de rojo
regresan para decirles a todos
justamente qué hay que hacer.
 
*
 
Cuando vuelva a Copenhague otra vez
traeré un gato y les mostraré
a los Daneses cómo se puede cruzar el camino
sin instrucciones
de un policía.
 
*
 
y será mucho más barato
(piensa en ello!)
para un gato
enseñarles
QUÉ HACER.
 
*
 
Imagínate un gato quedándose
todo el día
en cama
FUMANDO CIGARROS!
 
*
 
Y por el suero de mantequilla
ningún gato
lo bebería.
 
*
 
Pero hay
un montón de pescado
para ellos.
 
*
 
Qué piensas de esto?
 
James Joyce.
 
*Este pequeño relato es uno de los pocos testimonios que se conservan sobre una literatura infantil en Joyce. El texto fue encontrado en una carta del 5 de septiembre de 1936. Y publicado recientemente en Ithys Press y en Buenos Aires Poetry. 
Citas

Paula Giglio

Principio antrópico

Una palabra más
y se rompe el equilibrio.
El agua líquida no es casual;
tampoco la distancia
entre el Sol y la Tierra:
un poco más acá, y seríamos vapor;
un poco más allá, y seríamos de hielo.

*

Puntos de vista (fragmentos)

1

En este paisaje
las nubes van quedando abajo.
Aparece y desaparece
una vida en miniatura.
Si me lo propongo,
este espacio puede ser mi hogar.
La calidez no se pierde
a pesar de los roles.
Hasta podría cuidar una planta
de interior presurizado
a diez mil metros de altura.
Viviría más tiempo
que las plantas de la tierra;
el viento le resultaría un monstruo.

4

Tender la ropa
como quien se alza políticamente.
Colgar las sábanas, plantar bandera.
Ser la nueva, la recién llegada,
asentarse; delimitar espacios
con paredes blancas que mueve el viento.

5

Viene y enseguida se va
trayendo caracoles:
huesos, en cierta forma.
Pienso en la última vez
que me fui de viaje.
Cuando volví
todo estaba muerto y roto.
Al instante se cortó la luz:
las plantas, el escalón, tu sombra,
nada de eso existía.

6

Dos manos
con un puñado de agua
se dicen dueñas del mar
en una forma minúscula
que también excede.

7

Nos permiten acampar
en la zona inhabitada.
Cocino, preparo un hechizo
y musitamos cosas.
Pero toda palabra
relacionada con el fuego
se extingue.
Una coma mal dicha
también deforma el sentido.
Será mejor no decir nada,
comer en penumbras,
aflojar la tierra con el dedo.

8

Me vuelvo con la sensación
de haber dejado de creer.
No es único ni absoluto:
el mar se confunde con cualquier cosa
capaz de romper y expandirse.

En el libro En el cuerpo.

Citas

Emiliano Campos Medina

Glorieta de Lezama 

Bajo la lluvia
el Parque Lezama
es un archipiélago a la deriva,
las gotas estallan
contra las estatuas
y caminás entre la niebla
con el paraguas torcido.
Cruzamos mensajes de texto
y notas de silencio.
El pasado se parte
y asoma una semilla
sin hoja de ruta,
vos y yo en medio
de los truenos,
un estado de gracia
donde por algunos minutos
todo desaparece.

En el libro Altares Suburbanos.

Citas

Christian Kupchik

Selección natural

Un hombre esconde a otro
mientras otro borra al siguiente
y el siguiente engulle al otro.
Otro se mueve
y muere el otro.

Al primer hombre le siguió
el segundo, un tercero, el séptimo…
Se sucedieron generaciones de supervivientes
semejantes a sí mismos
y también a los demás.

Hablan desde siempre:
son el primer hombre, un tercero, el séptimo…
Colores promiscuos en la niebla.

*

Personae

Soy un hombre que anda sin camino
que perdió las llaves de todas las puertas
que no perdona la muda terquedad de los parques.
Me detengo
y saludo a las estatuas de sal.
Redacto pálidos problemas
en cuadernos color púrpura,
prolijos comentarios de un libro
que nadie habrá de leer.
Escribo con la tinta escurrida de mi ausencia
mientras acaricio las cicatrices del olvido.
Creo identificar el problema:
soy un promontorio que se adelanta al mar
en tanto tantea el vacío
con las manos llenas.

*

Espejo negro 

Cuando parecía que el invierno terminaba
de comerse las uñas,
despertaste de pronto.
Uno a uno rompiste los barrotes de tu celda,
partiste el pan y serviste el vino añejado en pesadillas.
Es probable que hayas dicho
“este es mi cuerpo, esta es mi sangre”,
aunque nadie podría asegurarlo.
Lo cierto es que la nieve reconstruía el espejo negro
en el que los cuerpos no encuentran un lugar
donde desquitarse del vacío.

En el libro Los colores de la vigilia.

Periodismo

La casa de Dorila Isamare

La casa de Dorila Ismare tiene cuatro cuartos, una cocina, un baño y una pared que guarda los recuerdos de sus muertos y de los santos en los que no cree. Huele a hogar. Ella está parada frente a un espejo de medio cuerpo. Tiene en las manos un sobre de gomina que aprieta fuerte hasta que saca lo último que queda en él para asentarse el pelo, que es un poco gris, un poco ondulado, un poco esponjado. Se va para uno de los cuartos y se cambia de ropa: se pone una camisilla fucsia y una falda variopinta. Y trae en las manos una caja de plástico. La abre. Saca de su interior collares tejidos a mano con forma de flores, de gargantillas, de monedas. “¿Los hizo usted?”, le pregunto. “No, mi hija Margarita. Yo ya no puedo tejer, por las vistas”. Los empieza a desenredar. Y se los pone. Uno por uno. Se lleva la caja y se acerca a una repisa: toma un lápiz negro con el que se bordea los labios. Busca otra vez en la repisa. No encuentra: “¡Ni polvo ni nada, pues! Sebas, ¿su mamá no tiene por ahí para pintarse los labios?”. No, ella se lleva esas cosas. Después, como magia, aparece un pintalabios rosado fuerte y ella busca su reflejo para poder maquillarse la boca. Entonces, aprovecha algo más el pintalabios: se echa en los pómulos hasta que el rosado fuerte termina difuminado sobre su tez parda, una suerte de preludio para los dos pequeños cristos que luego termina dibujándose en las mejillas.

La casa de Dorila queda en el barrio Altos de Calasanz, en el occidente de Medellín. Y aunque ahora su cuerpo está ahí, parado frente a un espejo –mientras habla con una desconocida sobre todos los caminos que la vida le tenía preparados años atrás–, su mente está en otra parte, tal vez en Itsmina, en el sur de Chocó; tal vez porque allí están sus raíces; tal vez porque los tejidos que se ha puesto en el cuello los aprendió de su madre en esa tierra lejana, o tal vez porque recordó el tiempo en el que se pintaba la cara para reunirse con su gente a adorar a un dios que vive en el cielo y del cual ella no conoce ninguna imagen. Tal vez añora a su comunidad waunana, a los suyos. Tal vez es que el recuerdo raudo de sus primeros años es su mayor riqueza.

Dorila se fue de su hogar, la primera vez, a los 8 años. Y lo hizo para perseguir un sueño: “Yo quería estudiar. Quería andar volando. Quería ser feliz. Para mí, la felicidad era viajar: caminando, en barco, en avión”. Y como en su casa no tenía oportunidad de cumplirlo, se voló con “unas monjitas que se llevaban los niños indígenas para mantenerlos y educarlos”. Al día siguiente su padre mandó a recogerla con su madre: “Le dijo que si no me llevaba la mataba. Y yo por miedo de que mataran a mi mamá, me devolví para la casa. En seguida me mandó para Buenaventura, con una señora que se comprometió a darme estudio, pero que lo único que hizo fue ponerme a trabajar y trabajar. Un día me mandaron a hacer un mandado a la plaza y me encontré con una tía que, de tanto rogarle, me llevó a Panamá”.

Ya en Panamá se dedicó a trabajar el campo, hasta que, a los 18 años, conoció al que sería su esposo. Aunque la dicha no fue muy duradera: cuando habían tenido seis hijos, el hombre mató a un policía y tuvo que salir huyendo, solo, hacia Colombia. Ella también huyó, pero no para correr al encuentro de él, no. Huyó por miedo a que tomaran represalias en su contra: “Para mí, una persona que mata a otra ya no es persona, es un animal. Para mí dejó de existir. No lo busqué nunca, aunque sabía dónde estaba”. Por esa razón regresó a sus padres, los mismos que la creían muerta. Regresó al lecho de una familia que no conocía sus facciones de mujer adulta y mamá, para darse cuenta de que la comodidad económica con que recordaba su infancia había desaparecido, y de que, además, ya no era una niña sino una adulta con la responsabilidad de alimentar siete bocas.

Fueron años especialmente difíciles: empezó a trabajar en el convento, donde perdió cualquier esperanza en la fe católica: “Allá había mucha corrupción… de plata, de valores… las monjas tenían novios o vivían con un padre”.

Más tarde dejó a los niños en el convento y se fue a alguna ciudad a trabajar aseando casas o en lo que resultara. Volvió por sus hijos y se asentó con ellos en una casita de madera, en medio de su territorio de origen, que fue siempre su alegría más profunda. Sin embargo, esa etapa la llevó a formar parte del 9,3 por ciento de la población colombiana desplazada por la violencia: “Me quedé un tiempo. Hasta que llegó la guerrilla. ¡Yo me moría del susto! Todo ese pocotón de gente armada y yo sin marido, sola. Mi vida se convirtió en estar todo el día mirando por una ventana si ellos llegaban, para no volver a salir hasta que se fueran. Como yo vendía guarapo para sostenerme, recogí una platica y una noche cogí tres ollas, las eché en un costalito, y me fui sin decirle nada a nadie, nadie, nadie”. La guerra también es el silencio y la zozobra.

Se fue rumbo a Medellín. Y allí sigue, 20 años después. Y aunque hace rato está perdida en su reflejo, ya no piensa en su pueblo ni en sus costumbres ni en la tierra. Está ahí, en esa ciudad hecha de plomo, con dos hijos y dos nietos (los demás están en sus quehaceres). Deja el espejo y se sienta en el comedor con ese aire de abuela conversadora, de satisfacción por la vida, pese a todo, con dos ojos que a veces pareciera que le pesaran: “Cuando yo me vine para Medellín, me vine porque aquí vivía una amiga mía. Pero ella tampoco tenía casa, entonces conseguimos una pieza, un hueco, nos metimos ahí sin nada. Conseguí trabajito y con la niña más grande dejaba a los otros más chiquitos. Trabaja limpiando sitios, era una miseria lo que le pagaban a uno. Nunca me pagaron prestaciones, ni prima, ni nada… ¿y cómo me trataban? Como ‘la indígena’, como si yo valiera menos que ellos. Muchas humillaciones me aguanté, otras veces eran simples groserías. Ante eso yo le pedía a Dios. También me aferraba a él cuando no teníamos qué comer.

En esos momentos me daban ganas de devolverme, pero ya no se podía: el lugar en el que nosotros nos criamos es ahora de la guerrilla, es el camino de ellos, la tierra de ellos –la voz se le empieza a quebrar–. Cuando llegué era muy duro pagar agua, luz, arriendo… No tenía una casa bien grande, ni un terreno para ir a caminar, ni un río para bañarme. Todas esas cosas son muy duras. En la ciudad, el que no tiene plata no come; en cambio, allá uno puede sembrar arroz, plátano, maíz, criar pollos, ir a pescar y traer algo para hacer una sopita”. Sus mayores dificultades han permanecido intactas en el tiempo: no tener una casa (habitan una que les dio el gobierno pero aún no empiezan a pagar las cuotas) y no tener una fuente de ingresos. Así se les fue la vida.

Cuando Dorila llegó, los niños estaban tan pequeños, que fue más lo que aprendieron de Medellín que lo que les quedó de sus raíz waunana: “Me gustaría que hubieran aprendido mi cultura, pero no se prestaban para eso. A veces yo quería enseñarles pero se ponían a reír o a patanear. Yo los aconsejaba pero no podía someterlos a mi ley. Todos debían tomar sus decisiones: en qué creer, qué hacer, cómo vivir. Les enseñé qué era lo bueno y qué lo malo, les enseñé a ser personas sencillas, porque esas son las que más valen. Y les di estudio para que no pasaran por lo mismo que yo; me soñaba con que fueran alguien en la vida. No todos terminaron pero yo tampoco los podía obligar. A los que quisieron, hice todo para sacarlos adelante. ¿Qué no hice? Lo único que no hice fue acostarme con un hombre. Ahora, de viejos, les interesan mis saberes, aprender.

Tal vez ese interés les surgió de escuchar los otros dialectos con que hablaba su mamá (waunana y embera), de verla tejer sus collares, de verla pintarse en el rostro formas que tenían nombre raros. Tal vez se empezaron a preguntar por sus raíces después de ver a su mamá, sola, intentando rescatar su memoria, porque en la ciudad no hay cabildos, ni conocen a nadie de su misma comunidad.

Así que, en diferentes momentos, cada cual fue llegando hasta esos resguardos en el sur de Chocó para empaparse de su esencia, de su lengua, de sus costumbres. Querían entender lo que había sido de sus antepasados, querían ver con los ojos de su madre.

Después de más de 20 años en la capital antioqueña, ¿qué es lo que más extraña? “Mi casa, porque nadie me mandaba”. Ella responde “mi casa”, como queriendo decir “mi libertad”. La libertad de no tener que pagar el costo del capitalismo, de bañarse en un río, de alumbrar la oscuridad con cantimploras, de cocinar en un fogón de leña, de labrar la tierra, de cambiar un televisor por una caminada y una conversación. “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida”, escribió Thoreau en Walden. En esa consigna se queda atrapada Dorila, pero no como una afirmación sino como un anhelo.

Publicado en Cromos.